Aquí abajo coloco de un tirón todos los posts que escribí para mundocadaver, de forma que si hay alguien interesado en conocer el principio de la historia, pueda leerlo sin tener que buscar entre los comentarios de la página "madre".
24-1-2006
Os he estado siguiendo casi desde el principio y no escribí antes porque pensé que se os estaba yendo la olla un poco; pero ahora soy yo el que está desesperado. Veréis, vivo en una ciudad dormitorio de Sevilla, Mairena del Aljarafe, donde al principio de toda esta locura no hubo apenas nada extraordinario que reseñar. Sí, bueno, había policías municipales, nacionales y guardia civil por todos lados; pero eso nos hacía sentir realmente seguros. Todas las mañanas nos despertaba una patrulla para preguntarnos muy amablemente cómo habíamos pasado la noche y para informar de cualquier cosa sospechosa. Además, el hijo de mi vecina es también policía local y cerca de mi casa hay un depósito de la empresa municipal de aguas que estaba vigilado las veinticuatro horas del día.
Nuestra gran preocupación era otra. Mi mujer es extranjera, concretamente australiana. Ella y mi hijo tenían billete para viajar a Melbourne a principios de marzo, y cuando nos enteramos de las cancelaciones de vuelos y cierres de fronteras, nos volvimos locos tratando de cambiarlos o de comprar otros para que pudieran salir antes. Su madre está muy enferma. Cuando nos dimos cuenta de que era imposible salir del país y cuando perdimos la conexión telefónica y de Internet con mis suegros, mi mujer se hundió y se pasaba todo el día en la cama abatida. Como resultado de todo esto, no me preocupé por acaparar víveres ni demás material de emergencia, pues las tiendas cercanas a mi casa aún podían proveernos de lo necesario.
Pero todo ha cambiado desde este fin de semana. Ya el viernes comenzó a haber mucho movimiento por aquí. El hijo de la vecina nos dijo que en Sevilla la cosa estaba fatal: las fuerzas del orden estaban ocupadas tratando de sofocar una ¿rebelión? en un barrio militar, mientras los saqueadores y la gente desesperada campaba a sus anchas; habían creado una zona segura en el centro -¡cómo no!- pero no dejaban entrar en ella a nadie de fuera y este chico nos aconsejaba no bajar a la ciudad por nada del mundo. Al parecer el auténtico problema aquí es que un grupo de civiles, militares y ex-militares trataron desde el principio de la crisis de hacerse con el cuartel de El Copero, un polvorín militar de los más importantes de la región Sur. Y todos los esfuerzos se han ido en tratar de impedirlo.
El sábado no vino ninguna patrulla a despertarnos y el depósito de agua estaba desierto. Fue un día tenso y yo me atreví a salir para ver qué sucedía: no había casi nadie en la calle y ni un policía. El domingo por la noche vino mi vecina, trastornada, diciendo que su hijo no había vuelto ni llamado como siempre hacía. Tratamos de tranquilizarla un poco. Pero ayer lunes se pasó todo el día llorando aquí en casa y mi hijo de sólo dos años estaba muy asustado. Esta mañana ha vuelto a su casa y mi mujer me ha dicho que si vuelve no le abra la puerta...
¡Me estáis dando mucho miedo! ¿Quién viene? ¿Qué pasa? Por aquí no hemos visto nada ni a nadie en toda la mañana. Solamente mi vecina trastornada que se ha llevado una hora llorando y gimiendo en la puerta de mi casa (son adosadas) para que la dejáramos entrar; pero mi mujer ha dicho que la ignorásemos. Después se ha ido aunque no ha entrado en su casa porque no hemos oído la puerta cerrarse. ¿Dónde estará?
Le he echado valor y he salido a la calle hace un cuarto de hora. Eso sí, no he estado fuera ni diez minutos. Me ha sorprendido y angustiado el no ver a nadie, porque vivimos en una zona bastante poblada, rodeada de casas unifamiliares y una barriada de bloques de pisos. Y es una pena porque sé que vivía un médico dos casas más abajo. Bueno, la verdad es que vi a un par de chavales a lo lejos y me avergüenza decir que en lugar de ir hacia ellos para preguntarles algo, me he girado y he apretado el paso en dirección a mi casa.
De momento hay luz, gas y agua, aunque esta última con poca presión porque deben haber reventado alguna tubería principal. Pero, ¿qué va a pasar cuándo cesen los suministros? Tengo vitrocerámica y gas natural y no sé si se podrá sacar agua directamente del depósito municipal que hay aquí cerca. ¿Alguna idea? Creo que gracias a que contraté ADSL por cable a una compañía local, tengo todavía Internet, pero el teléfono murió el sábado.
No sabemos qué hacer. ¿Pasamos otra noche aquí? ¿Nos vamos? El coche tiene gasolina y está en el garaje pero, ¿adónde podemos ir? ¿Alguien sabe cómo está la situación en Sevilla? Si fuera factible me gustaría ir donde viven mis padres, en la zona Norte, cerca del Hospital Virgen Macarena.
¡¡Dios Santo, han llamado al timbre de la puerta!!
25-1-2006
Hoy he pasado la peor noche de mi vida. Todavía no me he acostado, ni creo que pueda dormir tranquilo ya en mi vida. Estoy asustado, débil, confuso y tengo unas enormes ganas de llorar que contengo a duras penas para que mi hijo Patrick no sienta más miedo aún.
Ayer os dejé porque alguien había llamado al timbre. Inconscientemente me dirigí hacia la puerta del porche para ver quién era, con la esperanza de que fuese la Policía o algún vecino; pero Angie, mi mujer, me agarró del jersey y con los ojos desorbitados me reprochó lo que estaba a punto de hacer: «¿Y si es la vecina de al lado otra vez? Te juro que no la aguanto en casa llorando y asustando a Patrick». Decidí entonces mirar desde la habitación de arriba, cuya ventana da al porche, con mucho cuidado para no ser advertido. Por un segundo me sentí aliviado al ver a un grupo de cinco personas, todos muchachos jóvenes; sin embargo rápidamente borré la sonrisa de mi rostro. Todos iban armados con largos palos e incluso uno de ellos tenía colgando del cinto un enorme cuchillo de monte. Me quedé observándolos y, aunque hablaban entre ellos en voz alta, no fui capaz de entenderles, quizás por los nervios. Tocaron de nuevo el timbre y di un respingo. Angie se coló delante de mí y echó ella misma un vistazo. Me dirigió una mirada torva y me dijo que no se me ocurriera abrirles. Iba yo a replicarle cuando Patrick, creyendo que jugábamos a algo los dos tras la cortina, comenzó a reírse y a gritar «¡Mamá, papá!». Se nos heló la sangre en las venas, sobre todo cuando vimos que uno de los chicos, el mayor quizás, callaba a los otros y les decía que había oído a alguien. Todos empezaron a mirar a la ventana del salón que da al porche y a la del dormitorio donde Angie y yo nos ocultábamos. Al mismo tiempo comenzaron a gritar, conminándonos a salir, mezclando invitaciones con órdenes e insultos. Uno de ellos se dedicó a dar con el palo en la puerta metálica del garaje, haciendo un ruido espantoso. Mientras mi mujer trataba de calmar al niño y yo pensaba, presa del pánico qué hacer, los cinco se saltaron la pequeña verja de la entrada y se plantaron en la puerta de casa. Inmediatamente la aporrearon y ante nuestro silencio se liaron a romper los cristales de la ventana del salón, aunque una reja les impedía el acceso a la vivienda. Bajé a la primera planta para coger un cuchillo de cocina por si entraban y me percaté de que habían cesado los golpes. Los asaltantes habían visto la puerta de la vecina abierta y se fueron todos hacia allí. Anduvieron por la casa de al lado un buen rato, tirando cacharros, rompiendo cosas, riendo y gritando, y finalmente se fueron.
Sin embargo volvieron a eso de las una de la madrugada. Eran como una docena, incluyendo a un par de chicas. Habíamos cerrado todos los postigos de hierro, de modo que no pudieran arrojar nada dentro de la casa y evitar que si, llegado el caso, entraran por la parte de atrás (dado que los patios son comunes y no parecía quedar vecino alguno), se tuvieran que quedar en el patio. Al principio ignoramos sus gritos e improperios y nos concentramos en distraer a nuestro hijo. Pasados unos minutos me envalentoné un poco y decidí salir a la pequeña azotea que forma el tejado del garaje que está completamente cerrado por paredes y la puerta. Tiene un buen parapeto por lo que me sentí bastante seguro. Vi que se aburrían y que la mitad de ellos se habían ido, o eso parecía; pero llegaron dos portando una garrafa de plástico y una goma. Me imaginé lo que pretendían y no me pude contener: comencé a insultarles y a decirles que se estuvieran quietos, lo que pareció divertirles bastante. Se acercaron a la ventana del salón que estaba sin cristales y colaron la goma por las rendijas de los postigos tras aspirar de la garrafa lo que indudablemente era gasolina. Elevé el tono de mis gritos y amenazas pero me ignoraban. De pronto me di cuenta de que Angie estaba a mi lado y de que cogía un enorme tiesto de la azotea. Sin mediar palabra se lo arrojó al que introducía la goma quien, tras un terrible golpe cayó al suelo. Por el enorme charco de sangre que se formó lentamente supe que estaba muerto, allí tirado en la puerta de mi casa, con la cabeza aplastada o el cuello roto. Me quedé de piedra porque era la primera vez en mi vida que veía morir a alguien. Creo que le dije algo a Angie que ya no estaba a mi lado. El resto de saqueadores se quedaron igualmente paralizados y la mitad echó a correr calle abajo. Uno se puso a zarandear inútilmente a su amigo, cuando escuchamos un terrible grito casi inhumano proveniente de la casa de la vecina. Tres de los jóvenes salieron corriendo presas del pánico, sin pararse, y unos segundos después salió una de las chicas agarrándose el brazo derecho y dando alaridos. Los que quedaban se fueron inmediatamente dejando a la chica algo rezagada.
No sé porqué inmediatamente pensé en los infectados y recordé que la vecina se había ido la mañana anterior. Sentí las piernas flaquear pero me quedé un buen rato en la azotea esperando ver salir a alguien de la casa de al lado. Durante un instante algo apareció por la puerta y se quedó en el porche: no era la vecina, estoy seguro, pero sí era uno de los infectados, un hombre. Miró alrededor sin ver, con los ojos vidriosos y la boca llena de sangre y algo más, luego se volvió a meter en la casa. Cuando amaneció no había habido más movimiento y tan sólo escuchamos un par de roncas toses de vez en cuando.
Estamos muertos de miedo, con un cadáver en el porche y un infectado como vecino. Y si es verdad lo que cuentan no sé cómo voy a detenerle con una barra de hierro o un cuchillo de cocina. Lo último que he pensado es en salir cuando consiga reunir el valor y recoger la garrafa de gasolina, supongo que el fuego le hará más daño.
¡Dios mío, estoy pensando como el protagonista de una película de terror! ¿Qué está pasando en el mundo? Tenemos que irnos de aquí, pero me niego a que me detengan en un control militar y nos metan en un hospital o algo por el estilo.
Al resto de los que escriben aquí, gracias por su apoyo y ánimo compañeros, esto debe tener alguna solución.
Claudio Aguirre, esto va dirigido a ti:
¡Créetelo, son muertos vivientes! Son tal y como los describen otros compañeros: cerúleos, mutilados, hediondos y aun así moviéndose como si estuviesen borrachos aunque jodidamente activos. Nada de gitanos-yonquis-pobres-griposos; son repugnantes seres que antes eran humanos.
A las cinco de la tarde reuní el valor suficiente para salir a recoger la garrafa de gasolina que los saqueadores se habían dejado. Y lo reuní después de que Angie me llamara cobarde y estuviese a punto de salir ella misma. Me avergüenza decir esto aquí, pero es la verdad y contarlo me hace sentir menos culpable. Sufro de necrofobia desde que tengo memoria; los muertos siempre me han dado un miedo espantoso y constantemente he sufrido pesadillas en las que caminaba por cementerios con tumbas abiertas donde se intuían cadáveres descubiertos. También le tengo pánico a la muerte porque soy agnóstico y no me hago a la idea de la desaparición total tras la vida. ¡Imaginaos el calvario que estoy viviendo desde que Angie mató al chico y desde que vi el rostro de la criatura que estaba en casa de mi vecina!
Temblando como un flan abrí la puerta de casa y, al ver de cerca al chaval muerto allí tendido me entraron unas arcadas terribles. Angie me dijo que lo sacara del porche y le miré como si me hubiese pedido que me suicidara. Tardé interminables minutos en atreverme a tocarlo y cuando al ir a arrastrarlo de los pies la cabeza se despegó del charco de sangre con un ruido pegajoso, eché todo lo poco que había comido en el parterre. Saqué el cuerpo del porche y lo dejé tendido en la acera un par de casas más abajo, frente a la del médico, no sé porqué. Para dominar la aversión me dije a mi mismo que aquel hijo de puta que acarreaba había intentado quemarnos a mi y a mi familia sin ningún miramiento a pesar de no tener más de dieciséis o diecisiete añitos. Tanto me ensimismé en mis pensamientos que regresé confiado a mi casa y allí me sorprendió él...
Aquel tipo que estaba en la casa de al lado había salido atraído seguramente por los ruidos y estaba a punto de entrar en mi casa. No sé por qué se dirigió a ella en lugar de abalanzarse a por mi, quizás oyó la voz aguda de mi hijo.
Me puse a gritar como enloquecido, advirtiendo a Angie para que cerrara la puerta y para que aquella cosa se detuviera. Logré ambos objetivos pero cuando el infectado se giró hacia mi, la sangre se me congeló en las venas. Juro por la salud de mi hijo que había odio en las pupilas apagadas de esa cosa; odio y júbilo al mismo tiempo. Supongo que estaba hambriento o deseoso de matar a un ser vivo. Se lanzó contra mi pero más lento de lo que imaginé en un principio. Trastabilló un poco al bajar el escalón de la acera y se limitó a seguirme allá a donde yo iba. Lo alejé lo suficiente para poder colarme en mi casa, cerrar la verja del porche con el pestillo (no tenía tiempo para echar la llave), coger la garrafa de gasolina y meterme dentro.
El tipo se dedicó entonces a aporrear la verja, poniéndonos de los nervios a los tres. Angie me dijo que o salía yo a cargármelo o iba ella. Me lo dijo en tal estado de histeria que le crucé la cara a la quinta vez que me llamó “puto cobarde”. Me arrepiento mucho de haberlo hecho pero os juro que había agarrado ya el cuchillo y se iba para afuera.
Hace un par de horas, mientras aprovechábamos una de las pausas que nos otorgaba el engendro, oímos el famoso arrastrar de pies y los espeluznantes gemidos que muchos de vosotros referíais en vuestros mensajes. Eran siete, cuatro mujeres y tres hombres, uno de ellos un policía local con el revólver en la funda, aunque os aseguro que no voy a ser yo el que vaya a arrebatárselo. Tienen aún peor aspecto que el primero. Se han unido al otro y golpean la verja, la zarandean y aúllan de forma terrible. El olor es insoportable y no parece que vayan a cansarse pronto. Nos espera otra noche horrorosa aunque me consuela el que no sean capaces de entrar en casa. Estoy pensándome rociarlos con la gasolina y prenderles fuego; pero tengo miedo de provocar un incendio ya que están demasiado cerca (mi porche es minúsculo). Mi mujer dice que nos vayamos esta noche, cuando estén distraídos (no sé por qué sonrió cada vez que recuerdo la palabra; distraídos, ¡hay que joderse!). El problema es que la puerta del garaje es de batiente y se abre hacia fuera. No creo que me diera tiempo a abrir, meterme en el coche y salir disparado marcha atrás. Me da terror solamente de pensarlo. Creo que esperaré a la mañana, a ver si se aclaran un poco las ideas y esos monstruos desisten.
Si decidimos irnos puede que sea el último post que escriba, porque no sé cómo demonios conectarme a la red fuera de mi casa. Las indicaciones que dabais alguno de vosotros me suenan completamente a chino. Lo que está claro es que iré a buscar a mis padres, en la zona norte, cerca del Hospital Virgen Macarena; tal vez donde ellos viven la cosa esté algo más tranquila, sobre todo si los del Centro siguen atrayéndolos con sus disparos hacia el “Punto Seguro”.
Deseadme suerte. Yo por mi parte os deseo lo mejor.
Mario.
26-1-2006
Por fin ha llegado la mañana, aunque sin ninguna idea brillante y recortándonos todavía más las posibilidades de irnos de aquí. A lo largo de la noche, atraídos por el escándalo seguramente, han ido apareciendo más engendros. Ya hay fuera unos veinte y por primera vez he visto a dos niños... Dios mío, qué cosa tan terrible; dos pequeños de unos siete años, transformados en eso. Realmente no me causa lástima su estado actual, sino el pensar que fueron asaltados y mordidos tal vez por sus propios padres.
La buena noticia es que hemos conseguido acostumbrarnos al hedor y a sus gemidos; la mala es que la verja de entrada ha cedido al peso y ahora aporrean directamente la puerta de casa. Pero estoy seguro de que esta no la derriban. Es de chapa de acero y con dos cerrojos FAC bastante nuevos.
Como apenas he podido dormir algo, salí sobre las seis de la mañana de mi casa por la azotea y entré en la del vecino de la izquierda, la vivienda contraria a aquella donde estaba el infectado. No sé dónde habrán ido mis vecinos, hace más de una semana que no los veo, antes de la auténtica crisis; pero espero que se encuentren bien. Son un matrimonio de nuestra edad, muy simpáticos, los dos funcionarios y realmente los únicos de toda la calle que nos saludaban siempre y se paraban a charlar con nosotros. Me dieron unos terribles remordimientos al forzar la puerta de la azotea que da a su dormitorio; pero no nos queda apenas comida y pensé que ellos tendrían. Registré la zona haciendo el menor ruido posible, aunque con la barahúnda que estaban montando no creo que me hubiesen escuchado. Me llevé comida y agua, no mucha pero suficiente para una semana si la unimos a la nuestra; un par de linternas con pilas de recambio; algunas medicinas básicas como paracetamol, Betadine y tiritas; un router wi-fi de su ordenador (tenemos el portátil de mi mujer, pero con módem normal) y una pequeña hachuela de esas para hacer astillas o podar ramas.
Una vez de vuelta a casa le he dicho a Angie que podíamos dedicarnos a registrar el resto de las casas de nuestra manzana que seguro que están vacías de gente pero repletas de comida y cosas útiles, porque parece ser que tendremos que aguantar aquí más tiempo. Me ha dado por decirle que es una pena que no podamos llegar al nº 33, porque el tipo tiene un BMW setecientos y pico, un todoterreno Land Cruiser y seguro que en su casa hay cosas la mar de útiles. Angie ha sonreído por fin después de varios días y me ha dado la razón: «los nuevos ricos siempre se dedican a comprar muchos caprichos bobos y además su mujer tiene la misma talla que yo», me ha dicho maliciosamente.
Angie va a cruzar hasta la casa del médico. Le he dado el hacha y la linterna, la he besado y le he dicho que tenga muchísimo cuidado. Me he quedado con Patrick, que está viendo una película infantil con el volumen excesivamente alto para que no oiga a los monstruos. Voy a vigilar que Angie vuelva sin problemas.
Ánimo a todos. Enhorabuena a ti, Pedro, por haberte reunido con los de Huesca. Al amigo de Córdoba me gustaría aclararle que nada tiene que ver el ser del Norte o del Sur para seguir vivo o no. Deja de meter cizaña ahora que por lo menos lo del Estatut, el plan Ibarretxe y los archivos de Salamanca importan ya un carajo.
Mario.
P.D.: Me están entrando unas ganas terribles de rociarlos con la gasolina y prenderles fuego, a pesar de que están en la puerta de mi casa. Extintor tengo, por si acaso. ¿Votos a favor?
LovetheBomb, Casio, sed sensatos. Olvidaos de la escopeta del siglo XVIII y de la pólvora. ¿Qué os hace pensar que va a funcionar? Me parece una tremenda pérdida de tiempo ponerse a fabricar pólvora con la que está cayendo, y os aseguro que la escopeta tiene un 80% o más de probabilidades de que reviente al primer tiro. Y si no fuese el caso, ¿os acordáis por qué se inventaron las armas de repetición? Si los militares no pueden ni con fusiles de asalto, ya me diréis con un arma de un solo tiro.
Yo por mi parte aún no me he decidido a achicharrar a estos monstruos. Angie volvió cuando ya estaba a punto de ir a por ella de lo que tardaba; la muy insensata había aprovechado para "visitar" otras casas. Trajo algunas cosas interesantes, pero nos sorprendimos de las pocas medicinas que tiene un médico en su casa. Mucha gente se marchó dejando comida en frigoríficos enchufados porque tal vez pensaron que regresarían pronto, de modo que hemos tenido algo de suerte en ese aspecto. De los coches de los garajes podríamos extraer más gasolina, el problema sería transportarla ya que tendríamos que llenar el maletero de recipientes no muy seguros para el transporte de combustible. En casa de otra gente halló cartuchos de escopeta, una docena, pero ni rastro del arma como es lógico.
A continuación me fui yo en dirección contraria, esta vez calle arriba, saltando tapias de patios como un ratero. Tampoco encontré ningún tesoro, sobre todo porque el maniático del bricolaje vive en frente de nosotros, al otro lado de los engendros. Me traje a casa una batería de coche nueva (cómo pesa, joder), otra hacha de cortar leña, algunas herramientas, medicinas varias y DVDs de películas infantiles para Patrick. Con vistas a futuras incursiones, ¿podríais aconsejarme qué buscar para traerme? Nunca he sido un tipo práctico ni precavido.
Finalmente deciros que frente a la puerta de mi casa ya hay veintiocho infectados y no parecen cansarse de aporrear, empujar y gruñir. Vamos a esperar un poco más por si deciden marcharse; pero antes de que caiga el sol Angie y yo les vamos a rociar con gasolina y les vamos a prender fuego. Y que sea lo que Dios quiera... No aguantaríamos otra noche igual.
Mario.
27-1-2006
Han sucedido muchas cosas en estas veinticuatro horas y un rayo de esperanza nos ilumina ahora. Me siento culpable de mi alegría, porque habéis tantos luchando por vuestra vida, al límite, sin apenas posibilidades de éxito...
En primer lugar mi apoyo y mi ánimo a todos vosotros, compañeros. Al dueño de Lúculo, ¿te puedo llamar Pablo, el nombre de un amigo de la infancia que era de Galicia?: te deseo muchísima suerte; quizás ya estés de nuevo en casa, disfrutando del éxito en tu aventura.
Anoche por primera vez pudimos dormir más de tres horas seguidas. Estábamos agotados y eufóricos por nuestro primer gran éxito contra los infectados. Angie y yo hicimos el amor como si el mundo se fuese a acabar (justo lo que está pasando, ¿no?) y nos quedamos dormidos desde la madrugada hasta bien entrada la mañana. Nos despertó Patrick porque tenía hambre: él también había dormido mejor que nunca.
Veréis, siguiendo los consejos de Casio y Love the Bomb, decidimos achicharrar a los cerca de treinta engendros que aporreaban la puerta de casa sin descanso. Pero pensé que era estúpido prenderles fuego delante de mi casa, de modo que ideé la manera de alejarlos de allí. Me fui a través de los patios hasta la última casa colindante calle abajo, salí a la azotea que poseen todos los garajes y con varias cacerolas y gritos atraje la atención del grupo de podridos. Al principio no reaccionaban porque su estruendo era mayor que el mío; sin embargo en cuanto el primero puso rumbo a mi posición, todos los demás le siguieron menos uno, que se plantó en medio de la calle y allí se quedó, lo cual me dio bastante rabia, para que mentiros. Tras un pequeño paseo que a mi se me antojó una eternidad, todos estaban debajo de mi, gruñendo y mirándome con los ojos desorbitados por el ansia de devorarme. Entonces les vacié a todos, lo mejor que pude, en plan sacerdote esparciendo agua bendita, veinticinco litros de aceite de oliva, cinco garrafas de las que había cogido en las casas vecinas y a continuación unos ocho litros de gasolina y gasoil proveniente de los coches de algunos garajes más la garrafa que ya poseía. Finalmente prendí varios trapos impregnados en la misma mezcla y los arrojé contra ellos. Joder, se me quemaron las pestañas cuando prendió, menudo fogonazo. Al principio ni se inmutaron y se mantuvieron todos juntos, haciendo leves aspavientos como el que espanta un mosca. Luego sí, luego se dispersaron todos, inflamados como antorchas humanas; bueno, todos menos el lelo que se había plantado en la carretera sin acercarse (¿habría descubierto lo que yo tramaba? No, esa idea es absurda, sobre todo porque esta mañana no demostró ser tan inteligente). El olor era espantoso y me sobrevinieron numerosas arcadas, pero me sentía extrañamente satisfecho viéndolos arder.
Regresé a casa antes de que se apagaran las llamas, me duché para quitarme la peste a gasolina y a carne quemada y después de cenar, Angie y yo redescubrimos la pasión, por muy cursi que suene. Esta mañana conté veinte cadáveres achicharrados, el tipo que no se había acercado al grupo y dos más que, aunque horriblemente quemados aún permanecían en pie. El resto parecía haberse marchado de la calle, pero más tarde vi que tres de ellos yacían en la avenida también carbonizados. Al ver a los tres aquellos en pie, me entró una furia asesina alimentada en parte por el descanso y la euforia del éxito. Agarré dos hachas pequeñas, me puse dos abrigos abrochados y salí a la calle.
El pasmado que no se había acercado a los demás ni siquiera me oyó llegar. Fui corriendo hasta él y con la inercia le propiné un tremendo golpe en la parte trasera del cráneo. Acerté a la primera y el podrido cayó al suelo de bruces, inmóvil. Eso sí, el hacha no había manera de sacarla y no me quería entretener en ese momento. Los dos quemados, uno de ellos una mujer bajita y regordeta, se fueron acercando; pero antes de que ambos se pusieran a la misma altura y demasiado juntos, me dirigí en completo silencio hacia la maruja que estaba más adelantada y apenas sí podía moverse y esquivando sus manos logré finalmente acabar con ella de tres golpes que le dejaron la cabeza como una sandía podrida reventada. ¡Que asco me dio aquello! Pero la ira me llevaba como en una ola grande y poderosa, la tensión acumulada y la impotencia que había sentido me daban alas.
El último fue terriblemente difícil de “matar”. Era un chico joven, muy alto y de brazos largos. Además daba muchísimo miedo con la cara achicharrada, la calavera prácticamente descubierta y aquellos ojos sin párpados, insomnes, desquiciados, inyectados en sangre. Me agarró hasta cuatro veces y me mordió una, momento en el que creí desfallecer y me retiré realmente asustado; pero apenas sí había logrado desgarrar la tela de la cazadora. Fue una danza macabra que duró al menos cinco minutos. El podrido me seguía a todas partes, yo le esquivaba, me zafaba y le iba dando tajos donde me alcanzaba el brazo. Le rompí el húmero del brazo derecho dejándolo colgando y aproveché aquella ventaja para poder alcanzarle la cabeza.
Cuando terminé me faltaba el aliento, estaba sudando a pesar del frío y tenía las manos entumecidas de tanto dar golpes. Angie me hacía señas desde casa para que volviese; pero le hice ademán de que se esperase y procedí a comprobar la nueva situación. Recuperé el hacha de la cabeza del pasmado, conté de nuevo los cadáveres, cogí el revólver del policía local que estaba chamuscado pero creo que funciona aún (tiene doce balas más aunque tendré que limpiarlas porque tienen carne y plástico derretidos pegados), salí de la calle y vi a los otros tres tumbados en el suelo y al final regresé corriendo a casa. Mi mujer me miraba con una sonrisa de triunfo enorme y me besó con locura. Nos duchamos de nuevo y apenas sí esperamos a que Patrick se durmiese para dar rienda suelta a nuestra desesperada pasión.
No llegaron más podridos como pensamos que sucedería atraídos por el incendio. En cambio, a las cinco o así, un coche entró en nuestra calle, un Xsara con una familia que venía huyendo de Sevilla desde ayer. Habían visto el fuego el día anterior y pensaron que alguien más estaba vivo por la zona; pero no se habían atrevido a venir hasta hoy, por miedo a que fuese una falsa alarma. La verdad es que cuando vieron que éramos solamente tres personas se decepcionaron un poco; pero cuando les contamos todo lo que habíamos hecho se sintieron más seguros. Son seis personas: Roberto, el padre, un cincuentón pintor de profesión; su mujer María José; su hija Verónica de unos veinte años (no se lo he preguntado); Luis, el hijo mayor, un tipo muy grande y fuerte pero realmente desagradable y maleducado y que tendrá poco más de dieciocho; Fran, un chaval tímido de poco más de catorce, y Lolita, la niña de una vecina que ingresó en el Hospital Macarena al principio del todo y que no ha vuelto (la pobre cría de doce años está destrozada). Vienen con lo puesto, aunque el padre y el hijo portan sendas escopetas de caza que agenciaron en casa de un vecino; una historia que cuentan como si ocultaran algo.
Se han quedado en casa y mientras hablaban con Angie, Verónica y yo hemos entrado en la casa del vecino del BMW y la hemos registrado. Tal y como decía Angie, tenían los armarios llenos de ropa y de trastos. Le he birlado un GPS de esos portátiles, un ordenador también portátil que no pesa nada, un arco recurvado desmontado y que no tengo ni idea de montar, varias pijaditas más y las llaves del BMW y del Land Cruiser. Sin embargo al final he dejado las llaves del BMW porque he pensado que ese bicho de gasolina debe consumir un huevo y no está la cosa para despilfarros. También he dejado allí tirada una bolsita que parecía contener cocaína, bastante. Hubiese preferido encontrar hachís, pero no hubo suerte. Se nos ha hecho de noche con el registro y hemos regresado.
Estoy pensando que, si no vienen más monstruos esta noche mañana continuaremos el registro del resto de viviendas, seguro que seguimos reuniendo más cosas.
Suerte a todos.
Mario.
P.D.: no me gusta cómo me mira el chico, Luis.