Home
  | 0 - 8 |  
mario_aljarafe [userpic]

Les he encontrado

March 9th, 2006 (01:51 pm)

Tras una semana de frenesí, de carreras, de loca incertidumbre, de negros pensamientos y de amarga desilusión; hoy me siento a meditar cuál va a ser mi siguiente paso. Porque de la reflexión calmada y de la planificación fría debe surgir la solución al terrible problema que se me plantea y que mantiene la vida de todos mis seres queridos y la mía propia pendientes de un hilo. No puedo permitirme ni un solo fallo.

El pasado día 2 el destino pasó corriendo delante de mis narices en la forma del todoterreno en el cual se largaron los secuestradores de mi esposa Angie; pero hube de dejar escapar la ocasión de lanzarme a una persecución inmediata porque encerrados en la furgoneta IVECO esperaban mi regreso mi pequeño hijo Patrick y Lolita. Ambos estaban hambrientos, asustados y además Patrick estaba enfermo. De modo que renuncié a ir tras aquel vehículo que sin duda debía pertenecer a la maldita familia Cano, porque si algo me sucedía a mí, también estaba condenando a los dos niños. No obstante me apresuré en regresar a su lado, sacarles de la furgoneta donde yacían ambos dormidos plácidamente, montarlos en el viejo pero robusto Nissan Patrol y tratar de tomar la misma dirección de aquellos hijos de perra que habían pisado el acelerador, sin duda alertados por la presencia de una furgoneta en medio de la calzada.

A partir de entonces les busqué sin volver a encontrármelos por Bollullos, donde tuve que conducir como un demonio jugándome la vida para poder atravesar el pueblo sorteando coches abandonados, muebles y otros objetos que parecían haberse sacado violentamente de las casas y tiendas, y un centenar de zombis que gracias a Dios estaban lo suficientemente desperdigados. Luego fuimos a Bormujos donde asistí impotente a la caída de lo que parecía haber sido hasta el momento el último refugio de la localidad, el centro comercial cercano a la universidad privada: decenas de engendros se agolpaban para penetrar por una brecha abierta en uno de los locales y los supervivientes trataban de detenerlos arrojándoles cosas, rociándolos con gasolina y disparándoles; pero todo fue en vano. Volví a sentirme profundamente desesperanzado cuando cesaron los disparos y comencé a escuchar los gritos provenientes del interior. Finalmente encontré una leve pista en Tomares, en el polígono El Manchón a las afueras, donde siguiendo la lógica creí que podrían haber buscado refugio, porque las zonas de trabajo, abandonadas días antes del caos final, estaban prácticamente libres de zombis (si exceptuamos lo que sucedió en el P.I.S.A.). Allí, junto al Leroy Merlin, el paraíso del bricolaje, hay un supermercado DIA que aunque mostraba signos antiguos de saqueo, parecía haber sido visitado recientemente: un engendro yacía a la entrada, con el cráneo partido en dos y los restos de su masa encefálica, todavía frescos –es un decir–, esparcidos por el suelo. No cabía duda de que alguien había pasado por allí muy recientemente para aprovisionarse. En un alarde de temeridad yo mismo entré en el supermercado, esperando encontrar algún signo más de la presencia de los Cano o con mucha suerte a ellos mismos que aún siguiesen dentro. No había nadie pero pude recoger algunas latas, sopas de sobre, dulces y bolsas de picos que habían quedado en los estantes y por los suelos. Era sábado por la tarde, habíamos dado muchísimas vueltas y estábamos los tres agotados, aparte de que Patrick seguía bastante constipado y el Patrol tenía el depósito casi vacío de nuevo. Aseguré la entrada bloqueándola con todo lo que pude arrastrar y colocar delante y allí nos quedamos hasta el martes por la mañana.

Tras abandonar el refugio por el acoso durante la noche de cinco engendros que aparecieron al ponerse el sol y que tuve que tumbar a disparos para poder salir de allí, continuamos la marcha por la carretera de la Pañoleta en dirección a la SE-30, pues se me ocurrió la pavorosa idea de que tal vez los Canos estuvieran tratando de poner rumbo a la sierra por la N-630 o de regresar a Sevilla, en cuyo casi sí que los habría perdido definitivamente. Entré en la autovía por el carril contrario al sentido de la marcha, ya que estaba más despejado (mucha gente había tratado de refugiarse en Sevilla, pero pocos quisieron o pudieron salir de allí después). Entonces, cuando reducía la marcha para acercarme a un par de turismos diesel abandonados, vi la mole del Carrefour de Camas y el Decathlon, el hipermercado de material deportivo al lado. La enorme extensión de aparcamiento estaba anormalmente vacía de coches, sin embargo, frente al segundo establecimiento estaba aparcado uno, un todoterreno plateado, un Toyota Land Cruiser. Y también una miríada de infectados. ¿Qué coño les había llevado a detenerse en semejante sitio?, fue lo que pensé en ese momento. Hubiera entendido que buscaran comida en el Carrefour, ya que se estaban arriesgando tanto, aunque lo ideal es que hubieran saqueado alguna gasolinera o una tienda más pequeña; pero ¿meterse en el Decathlon?. Paradójicamente sentía más curiosidad que sorpresa por el hallazgo; pero tras la primera reacción me di cuenta de que los tenía allí, a los Cano y, si Dios era realmente misericordioso, a mi esposa. Y en ese momento me puse nervioso, terriblemente nervioso y me comencé a temblar. Lolita se dio cuenta de que yo me estremecía y se acercó bajando del Patrol para preguntarme qué pasaba. Pronto lo descubrió ella misma y soltó un lacónico «ahí están»; pero volviéndose en dirección a mi me preguntó «¿Qué vamos a hacer?».

Y eso es lo que estuve pensando durante toda la noche del martes, que pasamos refugiados en un bloque de pisos vacío cercano al hipermercado. No dormí casi nada elaborando mil y un planes, calculando todas las probabilidades que mi mente insomne me ofrecía, rechazándolas todas hasta llegar a un punto en que el cansancio y la desesperación lograron tumbarme: era imposible acercarse a los Canos sin atravesar el grupo de monstruos, y en caso de que lo lograse, ¿cómo iba a enfrentarme a aquella familia de psicópatas sin que hicieran daño a Angie? Y si me mataban, ¿qué iba a ser de Patrick y de Lolita? Me desperté tardísimo, sobresaltado y buscando a los dos críos que estaban en la azotea tomando el sol y leyendo tranquilamente. Lolita se había despertado temprano y al verme dormido se quedó de guardia. Soy un imbécil, si no fuese por esta niña ya estaríamos muertos. El miércoles y la mañana de hoy los he pasado vigilando la zona, tratando de acercarme lo más posible sin que los zombis notaran mi presencia; pero no hay ningún cambio. Ellos no pueden entrar porque de alguna manera han conseguido bloquear las puertas de acceso; pero tampoco parece que los Cano se atrevan a salir por el almacén, quizás porque no tienen las llaves o porque temen huir a pie. Algo debe estar pasando allí dentro, estoy seguro. ¿Tendrán comida y agua suficientes? Mejor no volver a dejarme llevar por el nerviosismo. Tengo que llegar a ellos como sea.

mario_aljarafe [userpic]

Hoy me siento menos humano

March 2nd, 2006 (01:57 pm)

Tal y como le prometí a Lolita, esta mañana al clarear el alba salí con la firme decisión de encontrar comida y gasoil, aunque ardía aún de fiebre. Cogí el CETME y las llaves de la furgoneta, me aseguré de que Lolita y Patrick se quedaban allí lo más seguros posible, para lo cual cerré con llave la IVECO, y me encaminé hacia la casa que había visto el día antes. Llegué a ella por un camino de tierra que arrancaba del arcén de la propia carretera y que serpenteaba a lo largo de unos cien metros hasta la verja de entrada. En los pilares que flanqueaban la puerta se podía leer en unos azulejos azul oscuro los nombres de Dolores y Mauricio, uno en cada pilar, como en había visto en tantas otras casas de campo a lo largo de mi vida. El nombre de los dueños, de sus hijos, un manido “villa algo” o el nombre de alguna virgen o santo; siempre dando la bienvenida a los visitantes. El pasador estaba echado, pero el candado colgaba abierto de este, cosa que me llamó la atención. Más nervioso y alerta que antes descorrí el cerrojo bien engrasado y empujé la puerta metálica hacia dentro. Frente a mi se levantaba la casa, de planta rectangular, una sola altura y de labor mixta entre ladrillo y encalado, con toda la forja pintada de un verde hierba reluciente y algo chillón. Pronto me recordó aquel lugar al chalet que mis abuelos tuvieron hace tiempo cuando yo era pequeño y por eso me dejé mecer unos instantes en la nostalgia de una época lejanamente perdida.

A la derecha vi con alegría, bajo un emparrado seco un gastado Nissan Patrol rojo oscuro que deduje sería diesel por las siglas del modelo. La puerta principal de la vivienda estaba abierta de par en par, lo que me pareció todavía más extraño. Al acercarme un poco más la gravilla que cubría el suelo ante la entrada crujió siniestramente y, de pronto, el ladrido de un perro me dejó paralizado de terror. No había oído semejante sonido desde hacía dos meses y allí, en el silencio de la nada, heló la sangre en mis venas. Con extremo cuidado me acerqué a la parte izquierda de donde procedía el ruido y apenas sacando la cabeza por la esquina, descubrí bajo la sombra de un enorme y frondoso limonero, la caseta de un perro y fuera de ella, amarrado con una resistente cadena, un pastor alemán que me ladraba con furia enseñando sus temibles colmillos. Recuperé la confianza al comprobar que el animal no podía acercárseme, de modo que fui a la puerta de entrada de la casa y la atravesé con paso decidido y con el cañón del CETME por delante.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra pude ver un salón más bien pequeño con una mesa de comedor cuadrada en el centro, un par de sofás alrededor, un mueble a la derecha y poco más. Todo el mobiliario parecía tener décadas pero a pesar del desorden y la falta de limpieza reinantes, aquel lugar había sido usado hacía muy poco. Olía tal y como huele un hogar por la mañana cuando se levantan sus habitantes. Llegué a la conclusión de que allí todavía estaba viviendo gente y me embargó la felicidad. Avancé por la estancia dejando a la izquierda un pasillo que sin duda conducía a las habitaciones y llegué a la puerta de la cocina, en el extremo derecho del salón. De allí salía un maravilloso aroma a pan tostado y a café que logró hacerme marear. Salivando más que el perro de Pavlov me introduje en ella y contemplé extasiado cómo en una barbacoa portátil pero de tamaño considerable se tostaba unas rebanadas de pan de pueblo y se calentaba una cafetera. Casi le había echado mano a las sabrosas tostadas cuando sonó un estampido a mis espaldas y tras el susto noté que me escocía horrores el hombro izquierdo. Me caí al suelo o me tiré, no lo recuerdo. Giré sobre mí mismo para encararme a la puerta de la cocina, cuyo marco estaba astillado. Alguien me había disparado y atravesaba el salón corriendo para rematarme. Dominado por el miedo disparé tres o cuatro veces al hueco de la puerta. Una figura atravesó el umbral y se precipitó sobre mí. Grité y me retiré lo más rápido que pude de mi atacante que, sin embargo no se movió del sitio donde había golpeado el suelo. Lo encañoné durante interminables segundos hasta que me aseguré de que no se movía apenas. Me acerqué a él procurando no pisar el charco de sangre que se iba formando bajo su cuerpo y le di la vuelta. Era un hombre mayor, de unos setenta años, bajito pero fornido, con el cabello blanco y el rostro curtido por el sol, como sólo un jornalero tendría. Dos impactos de bala se abrían en el pecho y de ellos manaba abundante sangre, al igual que de su boca. El anciano me miraba con ojos incrédulos, recorriendo mi rostro como si tratara de reconocerme o de grabar mis facciones en su memoria. No podía hablar y jadeaba lastimosamente sin apartar sus ojos de mi cara.

Entonces me eché a llorar. Apoyé la cabeza del anciano sobre mi regazo y lloré pidiéndole perdón por lo que había hecho. Trataba de explicarle que me había asustado, que mi intención nunca había sido hacerle daño y que me había alegrado mucho de encontrar una casa habitada. Cuando no me quedaban ya lágrimas en los ojos y tras una agonía de más de media hora, aquel hombre al que yo había matado se convulsionó por última vez y expiró. Me levanté agotado pero terriblemente tranquilo, como si hubiese asistido por fin al final de un gran sufrimiento. Salí de la cocina dejando al viejo, a Mauricio, tumbado boca arriba sobre el terrazo. De nuevo fuera rodeé la casa por el lado contrario al donde estaba el perro que no paraba de ladrar y aullar y allí encontré algo que me hizo perder la poca cordura que me restaba: dentro de un corral pequeño había dos seres que alguna vez habían sido humanos pero que ahora forcejeaban salvajemente con la malla metálica que cerraba el gallinero. Uno era una mujer de la misma edad que Mauricio, ataviada con un camisón de dormir indescriptiblemente sucio y raído y con un terrible mordisco en el brazo derecho que le había arrancado un trozo de carne. El otro era un hombre más joven, vestido con ropa para trabajar en el campo y con una herida similar en la cara. Debían ser la esposa y el hijo u otro familiar de Mauricio. Se infectaron pero él nunca tuvo el valor de matarlos porque quizás pensaba que alguien podría curarles su extraña enfermedad. Por el suelo del gallinero había docenas de pollos muertos, platos con comida intacta e incluso el cuerpo de un cerdo destripado. El perro ladraba más en dirección a los monstruos que a mi y supe en ese momento por qué estaba atado: se habría abalanzado sin dudarlo contra los dos engendros que antes habían sido sus dueños.

Regresé a la casa dispuesto a saquearla de todo lo que tuviese valor para mí y los niños. Me llevé frutas y verduras criadas en el huerto que se extendía por detrás del corral, algunos botes de pimientos en conserva, las indispensables latas de atún y otras conservas, un par de chorizos, leche, pan y otras cosas más. Lo cargué todo en el Patrol después de encontrar las llaves colgadas cerca de la puerta. Metí un bidón de diez litros más con gasoil en la parte trasera. Finalmente cogí la escopeta de Mauricio y cincuenta cartuchos que guardaba en el mueble del salón. No entiendo de calibres de caza pero creo que son para cazar perdices y otras aves, así que no tendrán mucha penetración. Pero es otra arma más y las balas del CETME son demasiado valiosas.

Arranqué el todoterreno y dejé atrás la casa sin atreverme siquiera a mirar por el retrovisor. El anciano se hubiese merecido un entierro, los engendros un tiro de gracia y el pobre animal el final de su sufrimiento o la libertad; pero pensándolo muy fríamente llegué a la conclusión de que no tenía tiempo para cavar tumbas, ni me sobraban las balas, ni quería arriesgarme a que aquella bestia me mordiera al intentar soltarla. De manera que los abandoné a su suerte y volví a la carretera, justo en el momento en que, en dirección contraria a la que llevábamos nosotros el día anterior, pasó a todo gas otro 4X4 que creí distinguir como un Toyota Land Cruiser, el coche que se habían llevado los Cano cuando se fueron de mi casa con Angie.

mario_aljarafe [userpic]

39 de fiebre

March 1st, 2006 (01:09 pm)

No nos queda comida y estamos parados en medio de ninguna parte, en una furgoneta sin gasolina. Patrick y yo estamos resfriados, con bastante fiebre y Lolita aún permanece conmocionada por los últimos acontecimientos. Hemos escapado del polígono industrial tal y como llegamos: a toda velocidad. La buena noticia es que ahora sé adónde fue la mayoría de la población de Mairena, la mala es que están todos muertos o convertidos en esos bichos.

El sábado transcurrió bastante tranquilo a pesar del mal tiempo, después de que yo estuviese completamente seguro de que no estaba infectado por el mordisco de aquel engendro. Nuestro refugio parecía totalmente seguro. Por primera vez en mucho tiempo pasábamos dos días seguidos sin ver a ningún muerto viviente, de modo que aproveché para entretener a los críos con juegos e historias. El domingo, al cesar la lluvia me aventuré a dar una vuelta por la zona para ver si conseguía alimentos. Como no quería dejar a los niños solos me los llevé conmigo. Usé una mochila grande para transportar a Patrick, practicándole dos agujeros en el fondo de modo que pudiera meter las piernecitas por ellos. No parecía gustarle nada: protestó, pataleó y lloró rogando que lo sacase de allí; pero insistí hasta que se acostumbró a aquel medio de transporte rudimentario. Lolita tampoco parecía muy conforme con salir de la oficina y me lo demostró más que con palabras con sus grandes ojazos oscuros tan llenos de desconsuelo. Les dije a ambos –y me dije a mí mismo- que solamente sería una corta salida para buscar comida, nada más; en cuanto tuviésemos algo que llevarnos a la boca regresaríamos al refugio.

Nunca imaginé que el P.I.S.A. fuese un polígono tan grande. Las pocas veces que había ido lo había hecho en coche. Ahora las calles se me antojaban demasiado largas, demasiado iguales y demasiado amenazadoras con su abandono y su silencio. Anduvimos unos diez minutos y di con un almacén de congelados que tenía la puerta metálica abierta, forzada. Lolita tiró de mi brazo feliz de haber encontrado comida. La desengañé diciéndole que todo lo que hubiese allí necesitaba estar congelado para no pudrirse y que sin electricidad ya lo estaría. Como para dar fe a mis palabras un terrible olor a pescado en descomposición inundó nuestras fosas nasales. La chica se puso muy triste y la tuve que animar prometiéndole que pronto encontraríamos una tienda de alimentación o alguno de los muchos bares que yo sabía que existían. Una burda mentira que, no obstante, surtió efecto. Lolita iba másleyendo los carteles de cada empresa, como en un juego, deseando encontrar uno que sin duda estuviese relacionado con la cocina. Patrick iba muy callado y agarrado fuertemente a mi pelo, temeroso de caerse de su incómoda mochila. Yo me maldecía constantemente por mi mala memoria porque aunque sabía que en ese polígono ciertamente había bares y alguna tienda que vendía comestibles, no recordaba su ubicación exacta.

Por eso no me di cuenta de que algo andaba mal hasta que estuve demasiado cerca. Habíamos ido deambulando sin rumbo fijo guiados solamente por mi carente sentido de la orientación y pronto nos vimos rodeados por todos lados de edificios y en la rotonda de una avenida ancha, a media altura de la calle Artesanía, tal y como rezaba el cartel indicador. Aquella no estaba como las demás vacía de vehículos sino que contenía una docena de ellos a lo largo de la calzada. Igualmente diseminados por aceras y asfalto se veían bultos que pronto identifiqué como cuerpos humanos, al menos siete. Me entró un escalofrío que sacudió mi cuerpo visiblemente y Lolita me apretó la mano derecha con fuerza. Aterrado pero sobre todo intrigado me fui acercando al primer vehículo que estaba medio subido en la acera derecha, de forma involuntaria tal y como demostraba la rueda delantera destrozada. Era un turismo blanco bastante viejo, un Seat Fura y en su interior aún permanecía amarrado con el cinturón un hombre horriblemente mutilado, devorado, con un uniforme de la Guardia Civil. Las puertas estaban cerradas pero la luna trasera había sido rota desde dentro hacia fuera. El pobre hombre debía transportar a un infectado que le asesinó, le arrancó la carnea mordiscos y se largó tras lograr romper el cristal trasero. Lolita estaba a una distancia prudencial de aquel horror y le dije que no se moviese de allí. Pensaba darme media vuelta y salir corriendo de allí cuando vislumbré algo en el interior del coche que hizo que me replanteara mi huída: bajo el asiento del conductor asomaba el cañón de un rifle. Mi corazón comenzó a latir desaforadamente. Me acerqué a la puerta correspondiente y cuando vi que el seguro estaba echado, me lié a patadas con la ventanilla hasta que la rompí. Levanté el seguro, abrí la puerta y forcejeé como un idiota descerebrado hasta que saqué el arma agarrándola por la punta. Era un CETME, un fusil de asalto que sabía que el Ejército y la Guardia Civil empleaban como arma reglamentaria antes de que lo sustituyera el H&K alemán. Siempre he sido un fan de lo militar, ya fuesen armas, conflictos o simplemente películas bélicas; hasta tal punto que mi padre siempre se temió que acabase con la cabeza rapada y pegándole a los inmigrantes. Pero la pura verdad es que ni hice la mili ni había tenido en mi vida un cacharro de estos en las manos. Sin embargo ello no impedía que me sintiese poderoso, muy poderoso y seguro de mi mismo. Estaba trastornado, por su puesto, ya que es absurdo sentirse seguro por tener un arma cuando éstas no les habían servido de nada a los profesionales. Pero no podía evitar aquel sentimiento.

Me entretuve con el rifle unos cinco minutos allí en mitad de la calle, con mi hijo a la espalda y Lolita observándome en silencio y con una mirada de preocupación. Seguramente debió contemplar el mismo rostro en los Cano cuando obtuvieron sus escopetas de caza: el rostro de una bestia armada. Con inmenso placer trasteé hasta que descubrí la forma de quitar y poner el cargador, de amartillar y distinguir las distintas posiciones del selector de disparo y de quitar y poner el seguro. Estuve otro rato más acostumbrándome a su peso, tratando de cargarlo lo más equilibradamente posible porque no quería colgármelo del hombro mientras llevara a Patrick. Lolita me llamó por mi nombre sacándome del trance y haciéndome sentir culpable por mi imprudencia: me recordó a Angie cuando me reprochaba el que me entretuviese con cualquier cosa. Me dijo que si íbamos a volver ya al refugio y le contesté que no, que aún no habíamos encontrado comida.

Llegamos a la altura de una bocacalle en el lado derecho que comunicaba con la zona donde se estaba ampliando el polígono y entonces pudimos verlo: un espectáculo dantesco, horrible, infernal. Allí entre los edificios a medio construir se levantaban centenares de tiendas militares y prefabricadas de esas de obra. Y alrededor de ellas, por cualquier lugar donde alcanzara la vista cadáveres y más cadáveres, muchos carbonizados, otros simplemente destrozados. Había descubierto el Punto Seguro del Aljarafe que, como tantos otros no había resultado más que una trampa mortal para sus ocupantes. Al fondo, pegados al final del polígono alcanzaba a verse una legión de engendros que, como reclusos paseaban a lo largo de la valla metálica. Algo los había atraído hasta allí. Pero otros muchos no andaban tan lejos y pronto comenzaron a surgir de todas partes en dirección a nosotros: civiles, policías, sanitarios, militares...; una marea de monstruos mutilados, achicharrados, eviscerados lanzando terribles aullidos de sus gargantas putrefactas. Era como mirar a las mismísimas puertas del Infierno. Lolita se puso a gritar aterrorizada, Patrick me tiraba del pelo chillando de puro miedo y yo me quedé por un instante allí perplejo, hipnotizado por aquella visión insana del fin del mundo, antes de empezar a correr de vuelta al refugio.

Terminamos de cargar todas nuestras cosas en la IVECO cuando llegaron los primeros a nuestra calle y a duras penas logramos salir de allí. Era la primera vez que conducía otro vehículo que no fuera mi coche o el de la autoescuela y realmente no me hacía con el control de esa furgoneta tan grande. Tomamos la autovía en dirección a Mairena pero luego nos desviamos por la carretera que va a Bormujos. Pensé que si los engendros se habían agolpado contra la parte posterior del desaparecido Punto Seguro era porque habían debido ver u oír a alguien vivo pasando por allí detrás, por la comarcal que une Mairena con Bormujos. Llegamos hasta la localidad pero la pasamos de largo al ver a tantas criaturas por sus calles, de modo que nos encaminamos hacia el pueblo siguiente, Bollullos de la Mitación que también pasamos de largo, y nos quedamos a mitad de camino entre este y Aznalcázar: el depósito estaba vacío.

El lunes estuve todo el día buscando gasoil para la furgoneta, infructuosamente. No conocía la zona por la que me movía. No se veía un alma, viva o muerta, ni ningún vehículo. A menos de un kilómetro de nuestra posición había una pequeña casa de campo pero no tenía valor para acercarme a ella, por mucho CETME que portara: no podía poner en peligro la vida de los pequeños. Por la noche noté los primeros síntomas: el pinchazo en la garganta, el exceso de mucosidad, la sed... Me había resfriado, ¡qué alegría! El martes me desperté con fiebre alta, alrededor de 38 y medio, y lo peor fue que Patrick comenzó a toser. Esta mañana ambos rondamos los 39 y ni los antitérmicos ni los amorosos cuidados de Lolita logran que esta baje. No temo por mí, sino por mi hijo. Después de racionar la comida hasta el punto de que no he probado bocado desde ayer por la tarde, esta mañana los niños han dado cuenta de lo último que nos quedaba. Patrick está como aletargado, dormitando entre mis brazos, hirviendo y encendidas las mejillas. Hace mucho frío dentro de esta caja de metal y hay mucha humedad, y las mantas no bastan para calentarnos. Puede ser nuestro final, aquí en medio del campo, lejos de esas alimañas. Le he dicho a Lolita que no la abandonaré, pero que si finalmente no sobrevivo, se marche lo más lejos que pueda de las grandes ciudades, que se lleve todo lo que pueda cargar y que busque a algún superviviente entre las casas más aisladas. Me ha mirado con la cara descompuesta y a continuación me ha abrazado llorando pidiéndome que no la deje sola. Pobre niña, la he asustado con mis delirios fatalistas. Soy así de estúpido. Cuando se ha calmado le he prometido que mañana saldré a buscar comida y combustible.

mario_aljarafe [userpic]

Entero de milagro

February 24th, 2006 (02:59 pm)

¡Mierda! Casi me muero de un ataque al corazón. Había olvidado por completo el mordisco que me dio ayer uno de los muertos andantes que nos atacaron frente al cuartel de la Guardia Civil. Hace un rato, mientras inspeccionaba la furgoneta IVECO, he sentido un dolor en el hombro al chocarme con el marco de la puerta de la cabina y entonces el recuerdo ha venido a mí como un fogonazo. Me mareé, me quedé sin aliento y corrí al refugio desnudándome por el camino a pesar del frío. Me estremecía de puro pánico y apenas veía delante de mis narices. Casi en la entrada de la oficina descubrí el hombro pero no alcanzaba a ver más allá de una mancha morada. Llamé a Lolita a gritos y la niña acudió asustada. Sin darle explicaciones le dije que mirara mi hombro y que me dijera qué veía. “Un cardenal muy gordo”, respondió. “¿Un hematoma nada más? ¿No hay herida?”, le inquirí muy nervioso. Ella toqueteó un poco la zona, arrancándome oleadas de dolor: “No, nada más. Yo no veo nada, ni sangre ni nada. Solamente es un hematoma”. No terminaba de creerla; joder, estaba cagado y ella solamente es una cría de doce años. Me fui al baño oscuro y arranqué el espejo del lavabo para sacarlo a la luz. Miré mi hombro, lo remiré, lo toqué mil veces apretando por si salía sangre, pus o algo. No había duda, era solamente un hematoma...

Ahora estoy más tranquilo pero muy cabreado. He estado a punto de ser infectado por un simple mordisco. Me cago en todo, ¿cómo vamos a sobrevivir? Estoy solo con dos niños indefensos y no sé pelear, ni manejar armas de fuego, ni supervivencia, ni nada. El hecho de que aún estemos vivos se debe en parte a la suerte y en parte a Angie que supo empujarme a actuar cuando era necesario o actuó ella misma. En estos momentos me siento muy perdido, muy solo y muy enfadado conmigo mismo por compadecerme tanto y no luchar lo suficiente para salir de esta terrible situación. Pero es que no me quedan fuerzas ya. Necesito ayuda, consejo, una mano amiga; necesito a Angie. ¿Dónde estás, amor mío?

mario_aljarafe [userpic]

Estamos fuera de casa

February 24th, 2006 (09:32 am)

Ayer no pude escribir nada. Cuando estuve seguro de que nada ni nadie alteraría nuestro sueño, cerré los ojos y caí frito. Angie volvió a aparecérseme en sueños, pero esta vez en uno más confuso y absurdo: ella era uno de los engendros y sin embargo seguíamos estando juntos si bien me aconsejaba irme lejos antes de que llegaran los demás, me decía también que Patrick se quedaría con ella, que no dejaría que los otros monstruos le hicieran daño. Como ya he dicho, absurdo del todo, pero me he levantado con un enorme sentimiento de alivio y un poco de paz interior, que no sé si debo achacarle a los restos del agotamiento físico y nervioso de ayer.

Nos levantamos muy temprano, apenas habíamos dormido pues terminamos con los preparativos a las tantas de la madrugada. Patrick estaba muy excitado, sabía que nos marchábamos porque no paraba de decir «coche, coche», y es que le encanta que le paseen en cualquier tipo de vehículos, incluso en el avión rumbo a Australia parecía el único de a bordo que realmente disfrutaba del viaje. Esta mañana cuando lo senté en la sillita de seguridad, abrió los ojos un instante pero volvió a dormirse enseguida.

Entre Lolita y yo cargamos el Corolla de todo lo que consideramos útil de entre lo poquísimo que teníamos: un pack de tres latas de atún, un bote con espárragos blancos, galletas de fibra sin azúcar y sin sal (están realmente asquerosas), un sobre de crema de champiñones, una bolsa de picos a la que le queda un tercio más o menos y que están rancios, tres botellas de vino y una de coñac mediada (yo no la he tocado, no me apetece beber alcohol desde hace un mes casi), cerillas como para pegarle fuego a un bosque (la gente colecciona de todo), un encendedor muy gracioso con forma de cerilla gigante, un bote de gas para recargar mecheros, tres pastillas para encender fuego, una bolsa pequeña de carbón vegetal, cubiertos, vasos y un par de termos por si más adelante se pueden llenar de comida o bebida caliente, una linterna pequeña que usa pilas LR06 con una docena de estas que compré en el IKEA, una manta de matrimonio de lana de merino y dos más de viaje, dos edredones también de matrimonio, toda la ropa interior que he podido meter en una mochila, varios abrigos de Patrick, de Angie y míos, el portátil de Angie, este diario con una docena de bolígrafos, muchas fotos y otros recuerdos en una caja, la pequeña hacha de cortar astillas como única arma (aparte de los cuchillos de cocina) y 25 litros de agua en distintos recipientes cerrados. Que me perdonen el símil pero parecemos una familia de magrebíes de regreso por vacaciones.

Fui hasta la barricada de la parte baja de la calle y aparté uno de los coches-puerta intentando hacer el menor ruido posible; no se veía a ningún muerto en las cercanías. Abrí la puerta del garaje después de un mes y medio, cerré todo con llave porque pienso volver aquí algún día y me despedí en silencio de mi hogar. Con los niños montados arranqué el coche que respondió a la primera –bendita mecánica japonesa- y me asusté del sonido del motor. Salí marcha atrás demasiado rápido y casi me estampo con la casa de enfrente. Me detuve a controlar los nervios durante unos segundos y enfilé la calle hacia la salida. Al principio conduje despacio y con marchas largas porque pensé que sería menos audible el motor: el incendio de Ciudad Aljarafe producía un rumor como de tormenta lejana; pero cuando una vez en la avenida comenzaron a acercarse algunos monstruos, maldije en voz alta y pisé el acelerador. Llegamos sin problemas a la incorporación a la autovía porque mi idea era salir cuanto antes de la población. Sin embargo, al llegar al carril de incorporación, paralelo a la obra del Metro (acertaban los que decían que Sevilla nunca tendría metro) y antes de alcanzar la gasolinera de Repsol, se me cayó el alma a los pies. Como si se tratara del atasco de todas las mañanas, el carril estaba completamente abarrotado de coches aunque todos abandonados. Debido a las obras, la entrada a la autovía debía hacerse por un solo carril que se estrechaba al pasar por debajo de un pequeño puente destinado al futuro paso del tren y que estaba además acotado a ambos lados por quitamiedos metálicos. Había una excavadora atravesada en la calzada que impedía el paso, debajo mismo del puentecillo. Justo detrás de ella, el camino estaba libre hasta llegar a la carretera que se unía un poco más adelante con la SE-30. Me bajé del coche dejando el motor en marcha y caminé hasta casi llegar a la excavadora, con la esperanza de encontrar alguna forma de pasar. Había algunos cadáveres alrededor de los vehículos y casi todos éstos tenían agujeros de bala. En la parte trasera de una Ford Transit que había sufrido un fuego intensivo se amontonaban algunos cuerpos más, todos con la cabeza reventada. Estaba claro lo acontecido allí: mientras evacuaban alguien debió dar la alarma sobre infectados y las Fuerzas de Seguridad habían abierto fuego indiscriminadamente hasta que localizaron a los auténticos enfermos que viajarían encerrados en la furgoneta. Un desastre más entre otros tantos; me alegraba de no haber salido de mi casa hasta ese día, porque escenas como estas debieron ser muy comunes.

Regresé corriendo al coche y ante la imposibilidad de pasar por allí tomé el desvío a la derecha hacia la barriada de Montelar, San Juan Alto y el puente que salvaba la autovía y llevaba al Carrefour de San Juan de Aznalfarache y a las primeras casas de Tomares. El Aljarafe había crecido mucho desde mi infancia y ya era difícil distinguir dónde terminaba una localidad y comenzaba otra. Al llegar a la entrada del puente, situada en un barrio bastante chungo, vi nuevamente a criaturas que se acercaban atraídas por el ruido del coche y la visión de personas vivas. Eran muchos y amenazaban con cortarme el paso. Decidí pasar al modo conducción temeraria y rebasarlos lo más rápidamente posible y sin atropellar a ninguno, y casi nos cuesta la vida. Llevo unos años ya con el carné pero nunca he tenido que conducir como Carlos Sainz, por eso al tomar la curva para entrar en el puente, giré demasiado y acabé con el coche subido en la acera, a medio metro de la valla y del vacío. Un poco más y hubiera acabado precipitándome una decena de metros y estrellándome en la autopista. Enderecé maldiciendo mi ineptitud y atravesé el puente a todo gas. Giré a la derecha e instintivamente detuve el coche a la altura del cuartel de la Guardia Civil. ¿Y si había alguien vivo allí? Busqué ansiosamente algún signo de vida sin bajarme del Corolla y para mi desilusión descubrí un cadáver uniformado ante la entrada del edificio. Si hubiese alguien por allí habría recogido a su compañero, pensé. De pronto se me iluminó una bombilla en el cerebro, eché el freno de mano, me bajé y salí corriendo hasta el guardia civil muerto para comprobar si aún llevaba su arma reglamentaria. Lolita empezó a llamarme asustada por mi reacción; pero la ignoré.
Me llevé un nuevo chasco porque la pistolera estaba vacía. No obstante le quité el cargador de reserva y las esposas con sus llaves. Iba a regresar al coche cuando un ruido me puso la piel de gallina: algo se movía por allí. Lo lógico hubiera sido volver más raudo todavía, pero albergaba el deseo de que fuese un ser humano vivo. Di algunos pasos hacia la puerta del cuartel y entonces los vi: salían tambaleándose en dirección a mi, no sé cuántos porque no me paré a contarlos. Me di la vuelta entré en el coche como una bala. Pisé el pedal y seguí hacia el Carrefour que estaba a escaso metros más adelante. Mi intención era incorporarme desde allí a la SE-30; pero tuve que dar la vuelta de nuevo. El aparcamiento del hipermercado era un hervidero de aquellas criaturas; seguramente los saqueadores y otra gente desesperada habían ido cayendo en las garras de los infectados incrementando su número hasta convertirse en una horda. No podía seguir por allí, había demasiados y mi pericia no alcanzaba a trazar un slalom de zombis y coches mal aparcados: si tenía un accidente sería nuestro final.

Volví al cuartel y tratando de esquivar a los de antes metí el coche en la cuneta de la derecha, bastante honda y lo calé. Me entró un ataque de pánico y era incapaz de arrancarlo. Los monstruos se nos echaron encima y se pusieron a golpear los cristales. Lolita y Patrick gritaban y creo que yo también. Cuando lograron romper el cristal del lado de Patrick el coche se puso en marcha; pero al girar la cabeza me di cuenta de que uno de ellos había agarrado a mi niño por la piernecita y trataba de sacarlo del vehículo. El cinturón de seguridad de la sillita se lo impedía pero estaba claro que con su fuerza sería capaz de arrancarle el miembro a mi hijo. Lolita golpeaba la mano podrida con valentía pero sin éxito. Yo sentí como un fuerte mareo e inmediatamente después una ola de furia recorrió mi cuerpo. Abrí la puerta empujando al zombi que estaba detrás, grité “¡suéltalo hijo de puta!” y comencé a darle hachazos al que agarraba a mi hijo. Sentí que me cogían por detrás y me mordían en el hombro pero yo continué machacando a aquel condenado hasta que le reventé la cabeza, incluso después de que hubiese soltado la pierna de Patrick. Me zafé del que me había mordido y lo empujé hasta derribarlo. Golpeé a otro que se acercaba desde la trasera del coche y también se cayó al suelo. Me sentía muy poderoso, borracho de adrenalina; pero el sentido común y el instinto de supervivencia entraron en juego: eran demasiados y pronto los tendría a todos sobre mi.

No paré de correr con el coche hasta que llegué al PISA, el enorme polígono industrial y comercial de Mairena, en dirección opuesta a donde en un principio quería ir. Porque me había dado cuenta de que el único sitio donde habría pocos engendros sería aquel al que la gente hubiese dejado de ir al abandonar sus trabajos. Me desesperé al comprobar que todas las naves y oficinas parecían estar cerradas a cal y canto con puertas y rejas metálicas y con defensas anti-alunizajes. Solamente pude ver abierta la oficina de una empresa de mensajería. Aparqué delante, entré y la recorrí hasta comprobar que estaba vacía y decidí que ese sería nuestro refugio.

Trasladamos todas nuestras cosas dentro y cerré la puerta con su cancela. Nos metimos en el fondo, lejos de la entrada y, tras comprobar que Patrick estaba perfectamente aunque muy asustado y dolorido, comimos y pasamos el resto del día abriendo paquetes y registrando el local. Encontramos algunas cosas interesantes: cuatro walkies con las baterías casi enteras, una fuente de agua con tres botellas de veinte litros aún llenas, un botiquín casi intacto y las llaves de cuatro vehículos de la empresa, uno de ellos una IVECO grande que había visto aparcada fuera. Y de los paquetes que fuimos abriendo nos quedamos con una caja de perrunillas, unos dulces extremeños parecidos a las pastas de té que tenían muy buena pinta; una guitarra eléctrica nueva; un discman también sin estrenar y una caja de herramientas que un tal Enrique Silva Lara iba a enviar a Valladolid y que, aparte de las susodichas, llevaba en el fondo del todo una bolsita llena de joyas de oro. A saber en qué negocios andaba ese Enrique. Al final se nos hizo de noche antes de que yo pudiera registrar el resto del edificio donde está la oficina. Y como ya dije al principio me quedé dormido de puro cansancio.

mario_aljarafe [userpic]

Mañana nos vamos de aquí

February 22nd, 2006 (12:13 am)

El incendio de Ciudad Aljarafe parece haberse propagado por otros bloques de pisos ya que no hay nadie para sofocarlo, ni el chaparrón de granizo que ha caído esta tarde ha servido para nada. Las ráfagas de aire caliente, las pavesas, el fuerte olor y densas nubes de humo vuelan por los tejados de las casas de nuestra vacía fortaleza. Muchos engendros se están congregando en torno a los edificios en llamas, quizás todos los que queden en Mairena. Hoy ha habido un chorreo constante de ellos por las calles cercanas a mi casa, a veces uno solo, otras en pequeños grupos el más numeroso de los cuales lo componían seis paramédicos de los que montan en las ambulancias, pero en un estado realmente lamentable.

Ya no me provocan fobia estas criaturas, aunque sí un miedo cerval ante la posibilidad de caer en sus manos, y todavía consiguen ponerme los pelos de punta ciertas mutilaciones y heridas de las cuales no puedo apartar la vista como si me hipnotizasen. Quien me preocupa terriblemente es mi hijo Patrick. La pérdida de su madre ha sido la puntilla de todos los acontecimientos que estos dos meses se ha visto obligado a vivir un ser tan inocente. No dudo de que quedará traumatizado para siempre. Días y noches viendo a sus padres estresados, muertos de miedo, corriendo, gritando, llorando... Y luego teniendo que oír los quejidos y golpes producidos por unos monstruos que su tierna mente ni siquiera puede concebir. Dios, tan sólo tiene dos años. Antes de todo esto era un niño bastante travieso, que no paraba ni un instante, alegre y muy vivaz. Ahora ningún juego, ninguna carantoña, ninguna caricia le hacen abandonar el serio mohín que viste su cara. Está constantemente enfadado, desganado y rebelde. Durante el almuerzo, si es que se le puede llamar así, se negó a comer atún por tercera vez consecutiva y tiró la lata al suelo. Me enfadé tanto que le di una bofetada: no lloró, solamente me miró con ojos desafiantes. Lolita parece entenderle un poco mejor y a veces consigue entretenerle con algún juego; pero por poco tiempo.

No podemos seguir así. Ya no hay comida. El helicóptero no ha vuelto a sobrevolar la zona, de modo que es mejor que abandone la posibilidad de ser rescatado. Cada vez hay más podridos alrededor nuestra y pronto se hará imposible abandonar este lugar. Sé que voy a cometer una locura, que pongo en peligro a los niños, pero no encuentro otra solución: mañana cogeremos el coche y me dirigiré hacia la autovía, veré cuál es el camino que podría seguir un vehículo y lo tomaré, pues seguro que mi Angie habrá ido en esa dirección. No creo que esos estúpidos se quedaran en Mairena y dudo mucho que atravesaran el pueblo para ir hacia Palomares, Almensilla o Coria del Río: esos lugares no deben estar mejor que este. Le pregunté a Lolita si había oído comentar a los Cano si tenían algún sitio al que ir y me contestó que no, que llegaron a Mairena porque era el camino que estaba más despejado. Es posible que vaya en la dirección opuesta a donde hayan llevado a mi mujer; pero también es posible que ella a estas horas esté muerta o incluso que lo estemos mañana todos si nos pillan los de ahí fuera. Sin embargo no gano nada dejándome llevar por funestos pensamientos: el mundo se ha ido a la mierda, el aire huele a putrefacción, pero yo aún estoy vivo y tengo que luchar por Patrick, por Angie y por Lolita. Al menos mientras siga respirando.

mario_aljarafe [userpic]

QUERIDO DIARIO...

February 21st, 2006 (12:30 am)

Lunes, 20 de febrero de 2006.

A lo largo de mi vida he tratado muchas veces de mantener un diario regular, pero la verdad es que siempre he fracasado en el intento. Me gusta escribir y leer, pero soy muy perezoso y ciertamente únicamente la frustración, la tristeza, la nostalgia, la inseguridad o la desesperación, como ahora mismo, me han llevado a garabatear mis delirios en un papel o en el ordenador. En cuanto mi estado emocional mejoraba, todo interés por continuar el diario desaparecía. Este intento de ahora, motivado por acontecimientos terriblemente dolorosos y que difícilmente tengan solución, podría ser el definitivo: escribir una especie de diario que me sirva de catarsis y que tarde o temprano ayude a mi hijo Patrick a entender por qué hago lo que hago y a continuar mi labor si es que le queda alguna esperanza en este mundo desahuciado. Porque mi vida se reduce a partir de ahora a sobrevivir en primer lugar y a encontrar a mi esposa a toda costa, esté donde esté y ya sea viva o muerta... Y estas páginas serán testigo de ello mientras me queden fuerzas para teclear o coger un bolígrafo.

He colocado estas líneas debajo de lo que escribí para un blog en el que muchos supervivientes del Apocalipsis relatábamos nuestra situación y nos animábamos unos a otros. Fui guardándolo todo en un documento de texto, de manera que esto es una continuación natural de lo antes escrito. Esto me ahorrará tener que presentarme y que relatar lo sucedido hasta el día de hoy.

Al principio supuso una tremenda alegría tener a otros seres humanos vivos con nosotros; gente con la que poder hablar y compartir las terribles experiencias de los últimos días. Ellos también dijeron alegrarse de habernos encontrado, pues habían pasado por un infierno para salir de Sevilla con vida. Decidimos que, mientras pensábamos adónde ir, aquella calle con dos únicas entradas que podían ser fácilmente bloqueadas dada su escasa anchura y con todas las viviendas adosadas, podían convertirse en nuestra fortaleza. Además, según nos contaron los recién llegados, apenas habían visto cadáveres andantes desde que salieron de la SE-30 y tan sólo una media docena dispersos por Mairena. Yo les comenté que casi todo el mundo había bajado a Sevilla, a los Puntos Seguros, en los momentos culminantes de la crisis, a finales de enero y seguramente el resto se había largado después.

Aunque la caída definitiva de la red eléctrica y el fallo en el suministro de agua supusieron un duro contratiempo inicial, supimos adaptarnos obteniendo energía limitada de un generador a gasolina marca Kinzo que con cuatro litros proporcionaba una potencia de 650 W, que le tomamos prestado al “loco del bricolaje” que vivía en el extremo superior de la calle, en la casa junto al depósito municipal de agua potable de Aljarafesa que pasó a convertirse en nuestro pozo hasta que el agua se pudriese. El gas lo sacábamos de las bombonas de algunos vecinos que, como los dos colindantes a mi casa, no se habían pasado al gas natural; pero de todas formas cuando cocinábamos preferíamos calentar la comida en la chimenea de hierro forjado que el matrimonio de funcionarios poseía en el salón de su casa. En ésta se instalaron los recién llegados y la comunicamos con la nuestra derribando la tapia que separaba ambos patios traseros. Cortar la calle fue bastante más complicado, ya que la penosa tarea de colocar muebles para formar una barricada y un par de coches cruzados de forma que cerrasen el paso pero que pudiesen emplearse como puerta simplemente liberando el freno de mano, fue interrumpida en tres ocasiones por la llegada de zombis que incluso entre varios adultos, costó trabajo liquidar. Finalmente arrojamos todos los cadáveres que había a lo largo de la calle fuera de nuestro perímetro, no por que su visión nos resultara repugnante o por su olor a putrefacción, sino por temor a que acudiesen ratas, perros e insectos y la consecuente posibilidad de resultar infectados.

El 3 de febrero celebramos una pequeña fiesta, lo más silenciosa posible pero con el acompañamiento musical de la batalla campal que se seguía desarrollando en Sevilla, y terminamos todos un poco borrachos. Luis, el hijo mayor al que yo había descubierto en dos ocasiones devorando con los ojos a Angie, incitado por el alcohol o usando este como excusa, se acercó a mi mujer e hizo un patético intento de besarla. Yo me quedé de piedra, furioso por el descaro de aquel niñato, pero temeroso de comenzar una disputa entre los dos grupos, porque no dudaba que los Cano defenderían a su hijo; por lo tanto me limité a observar con cara de muy pocos amigos. Angie se zafó ágilmente con una sonrisa congelada en la boca y salió de la habitación. Luis me miró divertido, como si nada hubiese sucedido, o mejor dicho, como si lo sucedido tuviese algo de gracioso. Roberto me sacó del trance apoyándose afablemente en mi hombro y diciéndome que tendría unas palabras con su hijo más tarde. Angie tampoco quiso darle mucha importancia al asunto, supongo que porque se percató de lo que podía desencadenarse. Sin embargo, dos días después, cuando sin tapujos y sin bebida que le eximiese de culpa, Luis le tocó el culo al pasar junto a él en el cambio de guardia en la barricada (lo que me contó inmediatamente), a la tremenda bofetada que le arreó le siguió la firme decisión de llevar en todo momento encima el revólver del policía local zombificado cuya existencia conocían todos pero que siempre se quedaba en mi casa por seguridad. Y tal vez esta decisión fuese el gran error de mi Angie.

Puede parecer una estupidez, sin embargo el hecho de que todos fuéramos urbanitas profesionales, contribuyó a deteriorar la incómoda situación muy rápidamente. Jugar a la supervivencia es muy divertido y gratificante cuando disfrutas de los éxitos obtenidos con tu labor personal; pero no nos engañemos, nos hemos criado en un mundo muy cómodo de botones y máquinas que lo hacen prácticamente todo por nosotros y donde el verdadero esfuerzo es casi un capricho por el que pagamos gustosamente. Así pues, cuando llevábamos varios días sin ducharnos con agua caliente, sin cambiarnos de ropa tan a menudo como queríamos, haciendo guardias para evitar que los monstruos se nos merendaran y racionando cada vez más las monótonas provisiones que habían resistido al apagón eléctrico; cualquier pequeño obstáculo, inconveniente o roce se convertía en una tragedia y los nervios estaban a flor de piel. Y si encima descubres que tus nuevos vecinos no eran una gente muy normal cuando el mundo giraba seguro sobre sus engranajes, y menos ahora que no hay ni Dios ni Ley, la idea de cargar todo el día con el revólver se me antojaba bastante prudente, si no fuera porque ellos contaban con dos escopetas que tampoco dejaban solas mucho tiempo. Angie y yo no ganaríamos un concurso de virtudes, pero al lado de los Cano éramos la Sagrada Familia. Porque Luis era un jodido psicópata al que las nuevas circunstancias del mundo le iba dando cada vez más alas. Roberto no sólo no retenía a su hijo sino que hacía todo lo posible por contentarlo, como si le tuviese realmente miedo. María José era un maldito cero a la izquierda que se quejaba por todo. Y Verónica, la hija, si en un principio me cayó simpática porque me parecía una chica inteligente y de una fina ironía, resultó ser una joven frívola y de un cinismo hiriente.

Así las cosas, a Angie y a mi no nos quedaba más remedio que capear el temporal y poner paños calientes a tan dura convivencia; pero se ve que los Cano ya habían tomado una decisión desde que llegaron allí. Porque la mañana del día 14 de febrero, Angie y yo nos despertamos alertados por un ruido de arrastre en la planta baja de nuestra casa y cuando bajamos nos encontramos a toda la familia vestida y pertrechada como para salir de viaje. En un principio mostraron algo de embarazo y trataron de dar explicaciones (todos salvo el cabrón de Luis, desde luego): que si había poca comida para todos, que aquel lugar ya no era seguro, que estaba claro que no nos llevábamos bien...; pero cuando vieron nuestra cara de escépticos, Roberto se limitó a decir que se largaban de allí, a buscar otro refugio y que se llevaban la parte proporcional de las provisiones, de las medicinas, de la gasolina... Angie se percató inmediatamente que en su afán de “repartir equitativamente” habían arramblado con todo el equipo que podía considerarse útil para la supervivencia, la comida en conserva, el botiquín y el generador eléctrico. Mi mujer montó en cólera y comenzó a insultarles. Luis tomó inmediatamente el liderazgo de su familia y le espetó que eso era lo que había, que nos buscáramos la vida.

- Así es como conseguisteis las escopetas, ¿verdad, cabrones? –soltó de pronto Angie.

Roberto la miró realmente sorprendido y María José se quedó lívida.

-¿Qué has querido decir? –balbució Roberto.
- Lo que has oído tío mierda. Verónica me lo contó todo la noche de la fiesta. Me dijo que fuisteis a casa de vuestro vecino a pedirle una de las escopetas y que se negó a dárosla. Entonces el psicópata ese de ahí –señaló a Luis que la miraba fijamente y con los labios muy apretados-, se lió a palos con el hombre mientras le decía «pues ahora nos das las dos, por rata». Y claro, al final se le fue la mano y se cargó al pobre hombre.

Un silencio se apoderó de la estancia. Había sentimiento de culpa en la cara de Roberto y en la de María José. Los niños nos miraban a todos con ojos asustados, Patrick aún dormía y Verónica parecía estar ausente de la escena. Luis fue a abrir la boca pero Angie fue más rápida.

- Y ahora os pensabais largar de aquí robándonos. Dejándonos sin nada para poder sobrevivir. Os importa una mierda que nos muramos de hambre, que nuestro niño pequeño no tenga qué comer, que tengamos que salir a buscarnos la vida entre los engendros de ahí fuera. ¿No es cierto? –mientras hablaba Angie encañonó a Luis con el revólver-. Venga, a ver quién tiene cojones de tocar nada de lo que hay en esta casa. Si os queréis largar, ya podéis iros a tomar por culo; pero con las manos en los bolsillos.

Por un segundo me sentí enormemente orgulloso de haberme casado con semejante mujer; pero la alegría duró lo que una pompa de jabón en un vendaval. Roberto abrió la boca y dio un paso adelante, juraría que simplemente para tratar de negociar algo; pero Angie estaba muy nerviosa y malinterpretó el movimiento: un tremendo estampido me ensordeció y seguidamente pude ver como el cabeza de familia de los Cano caía al suelo con un chillido de dolor. Mi mujer dudó durante un par de segundos, realmente asustada por lo que acababa de hacer; pero inmediatamente levantó de nuevo el revólver, aunque demasiado tarde... Luis había reaccionado más rápido y ya estaba delante nuestra. Antes de que yo pestañeara, le dio un par de puñetazos a Angie y le hizo soltar el arma. Salí de mi pasmo y le largué una patada traicionera a la espalda del cabronazo aquel que se giró hacia mi mostrando su dolor en el rostro.

- Ven aquí hijoputa –le grité totalmente fuera de mi y me lancé sobre él torpemente ya que había perdido la zapatilla que calzaba en el pie derecho al darle la patada. Luis me agarró del cuello pero no detuvo mi avance porque aunque más grande que yo, mi peso corporal era netamente superior. Lo tenía contra la barandilla de la escalera, apretando su cabeza contra los hierros de la misma, deseando con toda mi alma que le explotase el cráneo de pronto, que se muriese. A mi alrededor podía oír los gritos de toda la familia, el llanto de mi hijo Patrick desde la segunda planta; pero nada me hacía cejar en mi empeño de aplastarle la cabeza al niñato tarado, ni siquiera el hecho de que me estaba ahogando con sus manos.

Finalmente, sentí un fuerte empellón que me alejó de mi objetivo. La cara de Luis se me escurrió de las manos y un fuerte dolor me hizo ver borroso unos segundos. Roberto se había levantado de alguna manera y había cargado sobre mi, derribándome y haciendo que me golpeara la cabeza contra la pared más cercana. Traté de incorporarme pero inmediatamente una sacudida aún mayor me hizo golpear de nuevo el tabique con la cabeza. Estaba muy mareado y apenas lograba ver entre una neblina que amenazaba con llevarme a la inconsciencia. Sin embargo alcancé a oír la voz del joven psicópata:

- Pues ahora esta puta se viene con nosotros.

Angie gritaba mil y una maldiciones en inglés, se retorcía, arañaba, mordía; pero no tenía fuerza suficiente para librarse de Luis al que ayudaba su hermana Verónica. Yo no podía incorporarme a pesar de que lograba dominar mis náuseas: Roberto hacía presa sobre mi. De modo que arrastraron a mi mujer fuera, entre alaridos y pataleos que no tardaron en transformarse en sollozos y súplicas. Creo recordar que, con voz muy serena pero que me resultaba desconocida, alcancé a decirle a Roberto: «tú sabes que os voy a matar a todos, ¿verdad?». Realmente no sé si llegué a pronunciar esas palabras o si simplemente, en mi impotencia, se forjó en mi mente una mera declaración de intenciones; pero es lo último que recuerdo de aquel momento. Tal vez me volvieron a golpear.

Cuando desperté estaba soñando. Veía a Angie delante de mi, llorando y pidiéndome que la ayudara. Logré abrir los ojos y el llanto continuaba allí, y tardé en darme cuenta de que era mi hijo Patrick el que me llamaba entre hipidos y lágrimas. No sabía cuánto tiempo llevaba allí ni tampoco lo que había pasado; pero reaccioné rápidamente al reconocer la voz de mi niño. Me levanté ignorando el dolor de cabeza, la sangre seca que me cegaba parcialmente, las náuseas y en general todo lo que sucedía a mi alrededor. Corrí escaleras arriba hasta la habitación de matrimonio y allí estaban: mi hijo Patrick gimoteando en los brazos de Lolita, la niña que había venido con los Cano. En mi desconcierto pensé que no se habían marchado finalmente y me volví como un animal acosado esperando ver entrar a Luis o a Roberto en el cuarto, dispuestos a atizarme de nuevo. Entonces, a consecuencia de un fuerte mareo, perdí el equilibrio y me precipité otra vez al suelo, mas esta vez sin perder el sentido. Casi no podía incorporarme de pura fatiga, unas enormes ganas de echarme a dormir allí mismo en el suelo, de abandonarme por completo me atenazaban y no me dejaban pensar con claridad. Fue el abrazo desesperado de Patrick el que me hizo volver a la realidad, a la maldita realidad.


A día de hoy no atisbo esperanza de sobrevivir. Llevamos una semana comiendo las sobras que los hijos de puta de los Cano dejaron atrás en su saqueo: comida perecedera casi toda ella, latas de verdura (los muy imbéciles parecen querer morir de escorbuto o de estreñimiento; allá ellos) y algunas conservas que en una segunda batida he cogido de las casas vecinas. Me encuentro algo mejor de mis magulladuras, aunque todas las mañanas me despierta un fortísimo dolor de cabeza y un zumbido en los oídos. No sé si alguno de los golpes me han podido dejar alguna secuela o si la falta de sueño, de comida y de paz, me estén matando. Quizás sea todo junto. Ya no tenemos medicinas, de modo que tengo que soportar el dolor a pelo; de todas formas el paracetamol no me aliviaba ya nada. Fuera reina una tranquilidad relativa, ya que tuvimos suerte de que ningún engendro se acercara mientras la barricada y la puerta de mi casa estuvieron abierta, tal y como la dejaron los cabrones en su huída; ciertamente deseaban que nos matasen. Ahora montan guardia un par de ellos por fuera de la barricada, dos chavales jóvenes, uno de ellos prácticamente desnudo, y desde la planta superior de la casa colindante con mi patio trasero que da a la avenida, pude ver que pululaban otros diez, sin rumbo aparente. Hay demasiado ruido en el ambiente para que se percaten de nuestra presencia. El enorme incendio que devasta desde hace un par de días los bloques de pisos de Ciudad Aljarafe, un barrio a un par de minutos de mi casa, produce el suficiente ruido como para que no descubran nuestra presencia. Parece ser que debió explotar una bombona de gas en alguna vivienda la noche del viernes. Ayer me acerqué por allí por si hubiese rastro de Angie y de los Cano, pero como era de esperar lo único que encontré fueron muertos vivientes aproximándose a distancia prudencial del incendio. Gracias a Dios no tuve que enfrentarme a ellos, pues hubiese sido mi final; estúpido e irresponsable desde luego, porque hubiera dejado a Patrick y a Lolita solos en este infierno.

Hablando de la niña, ha resultado ser muy madura para su edad, y muy útil, todo hay que decirlo. Ha cuidado de Patrick mejor que yo; de mi pobre niño que varias veces al día llora llamando a su madre... Malditos hijos de puta, cuando les ponga la mano encima van a desear estar muertos. Juro por lo más sagrado que pienso arrojarlos indefensos a los engendros, para que sufran mil veces lo que yo estoy pasando cada día aquí, impotente, sin mi esposa, sin comida, sin agua, sin esperanza... Si no fuese por Lolita creo que ya estaríamos todos acabados. No sólo ha cuidado con infinita paciencia del niño, también me curó las heridas como pudo y me dio de comer mientras estuve convaleciente un par de días después de la paliza. Fue ella también la que cerró la puerta de casa, atrancándola, y la que recogió todo lo que se podía aprovechar para usarlo como alimento, medicinas o armas. Incluso entretuvo a un zombi mientras yo empujaba uno de los coches de la barricada de la parte baja de la calle para poder cerrarla de nuevo. Le debo la vida a esta cría y así se lo hice saber. Me contestó que no era nada, que simplemente había hecho lo que podía, lo que le había enseñado su madre con la que había vivido siempre solas las dos, sin ayuda de nadie.

En cuanto estuve bien del todo, hace dos días, el mismo de la explosión y del incendio, me puse a comprobar el destrozo que habían hecho los malditos en su fuga. No contaba con comida suficiente para quedarme allí más de un par de días y eso comiendo bien poco. Solamente me habían dejado una hachuela con el mango viejo y lleno de astillas, una linterna pequeña con bastantes pilas que no supieron encontrar, algunas mudas de ropa mía, de Angie (le dije a Lolita que usara las que pudiera) y del niño y una botella de agua de dos litros llena de gasolina que tampoco debieron ver. Poco más. Le dije a la niña que debíamos irnos de allí, que no teníamos comida suficiente y que el incendio atraería a más muertos. Asintió sin rechistar pero me preguntó adónde iríamos. Le dije que no lo sabía, que quería encontrar a Angie. Ella me contestó lacónicamente que eso sería muy difícil y, aunque me enfurecí por unos segundos, tuve que darle la razón; pero le dije que no podía dejarla en manos de aquellos locos.

Ayer por la mañana escuchamos el inconfundible sonido del motor de un helicóptero. Salimos corriendo a la pequeña azotea de la casa y vi pasar volando bastante bajo un enorme aparato militar, con toda seguridad de la BHELMA IV del cuartel de El Copero de Sevilla que había acudido atraído por el incendio o simplemente estaba reconociendo la zona del Aljarafe. El corazón me dio un vuelco y pensé que estábamos salvados: el ejército nos rescataría y me ayudarían a encontrar a mi mujer. Conforme el helicóptero pasaba de largo mis ilusiones se fueron desvaneciendo como el ruido de su rotor. Regresó unos cinco minutos después y esta vez salimos a la calle a hacerle señales con sábanas (para qué gritar; no nos iban a oír y además podríamos atraer a otros indeseables). Tuvieron que vernos, estoy seguro de que nos vieron en la calle. De lo que ya no estoy seguro es de que vengan a por nosotros porque me imagino que su primera prioridad ahora será la supervivencia y además, a saber quién tiene el mando en ese cuartel después de la que se montó en Sevilla al comienzo de todo esto. He pasado la noche abatido, insomne y sin saber qué demonios hacer. Por una parte me apetece esperar aquí por si regresan los militares; pero por otro lado no puedo quedarme cruzado de brazos sin saber qué es de mi Angie. Tengo mi coche con el depósito casi lleno, sin embargo no sé hasta donde podré llegar con un Toyota Corolla y con dos niños como pasajeros. Si al menos esos mamones hubiesen dejado aquí el Land Cruiser del vecino...

mario_aljarafe [userpic]

Toda la historia desde el principio, para el que le interese

February 20th, 2006 (09:46 am)

Aquí abajo coloco de un tirón todos los posts que escribí para mundocadaver, de forma que si hay alguien interesado en conocer el principio de la historia, pueda leerlo sin tener que buscar entre los comentarios de la página "madre".



24-1-2006

Os he estado siguiendo casi desde el principio y no escribí antes porque pensé que se os estaba yendo la olla un poco; pero ahora soy yo el que está desesperado. Veréis, vivo en una ciudad dormitorio de Sevilla, Mairena del Aljarafe, donde al principio de toda esta locura no hubo apenas nada extraordinario que reseñar. Sí, bueno, había policías municipales, nacionales y guardia civil por todos lados; pero eso nos hacía sentir realmente seguros. Todas las mañanas nos despertaba una patrulla para preguntarnos muy amablemente cómo habíamos pasado la noche y para informar de cualquier cosa sospechosa. Además, el hijo de mi vecina es también policía local y cerca de mi casa hay un depósito de la empresa municipal de aguas que estaba vigilado las veinticuatro horas del día.

Nuestra gran preocupación era otra. Mi mujer es extranjera, concretamente australiana. Ella y mi hijo tenían billete para viajar a Melbourne a principios de marzo, y cuando nos enteramos de las cancelaciones de vuelos y cierres de fronteras, nos volvimos locos tratando de cambiarlos o de comprar otros para que pudieran salir antes. Su madre está muy enferma. Cuando nos dimos cuenta de que era imposible salir del país y cuando perdimos la conexión telefónica y de Internet con mis suegros, mi mujer se hundió y se pasaba todo el día en la cama abatida. Como resultado de todo esto, no me preocupé por acaparar víveres ni demás material de emergencia, pues las tiendas cercanas a mi casa aún podían proveernos de lo necesario.

Pero todo ha cambiado desde este fin de semana. Ya el viernes comenzó a haber mucho movimiento por aquí. El hijo de la vecina nos dijo que en Sevilla la cosa estaba fatal: las fuerzas del orden estaban ocupadas tratando de sofocar una ¿rebelión? en un barrio militar, mientras los saqueadores y la gente desesperada campaba a sus anchas; habían creado una zona segura en el centro -¡cómo no!- pero no dejaban entrar en ella a nadie de fuera y este chico nos aconsejaba no bajar a la ciudad por nada del mundo. Al parecer el auténtico problema aquí es que un grupo de civiles, militares y ex-militares trataron desde el principio de la crisis de hacerse con el cuartel de El Copero, un polvorín militar de los más importantes de la región Sur. Y todos los esfuerzos se han ido en tratar de impedirlo.

El sábado no vino ninguna patrulla a despertarnos y el depósito de agua estaba desierto. Fue un día tenso y yo me atreví a salir para ver qué sucedía: no había casi nadie en la calle y ni un policía. El domingo por la noche vino mi vecina, trastornada, diciendo que su hijo no había vuelto ni llamado como siempre hacía. Tratamos de tranquilizarla un poco. Pero ayer lunes se pasó todo el día llorando aquí en casa y mi hijo de sólo dos años estaba muy asustado. Esta mañana ha vuelto a su casa y mi mujer me ha dicho que si vuelve no le abra la puerta...




¡Me estáis dando mucho miedo! ¿Quién viene? ¿Qué pasa? Por aquí no hemos visto nada ni a nadie en toda la mañana. Solamente mi vecina trastornada que se ha llevado una hora llorando y gimiendo en la puerta de mi casa (son adosadas) para que la dejáramos entrar; pero mi mujer ha dicho que la ignorásemos. Después se ha ido aunque no ha entrado en su casa porque no hemos oído la puerta cerrarse. ¿Dónde estará?

Le he echado valor y he salido a la calle hace un cuarto de hora. Eso sí, no he estado fuera ni diez minutos. Me ha sorprendido y angustiado el no ver a nadie, porque vivimos en una zona bastante poblada, rodeada de casas unifamiliares y una barriada de bloques de pisos. Y es una pena porque sé que vivía un médico dos casas más abajo. Bueno, la verdad es que vi a un par de chavales a lo lejos y me avergüenza decir que en lugar de ir hacia ellos para preguntarles algo, me he girado y he apretado el paso en dirección a mi casa.

De momento hay luz, gas y agua, aunque esta última con poca presión porque deben haber reventado alguna tubería principal. Pero, ¿qué va a pasar cuándo cesen los suministros? Tengo vitrocerámica y gas natural y no sé si se podrá sacar agua directamente del depósito municipal que hay aquí cerca. ¿Alguna idea? Creo que gracias a que contraté ADSL por cable a una compañía local, tengo todavía Internet, pero el teléfono murió el sábado.

No sabemos qué hacer. ¿Pasamos otra noche aquí? ¿Nos vamos? El coche tiene gasolina y está en el garaje pero, ¿adónde podemos ir? ¿Alguien sabe cómo está la situación en Sevilla? Si fuera factible me gustaría ir donde viven mis padres, en la zona Norte, cerca del Hospital Virgen Macarena.

¡¡Dios Santo, han llamado al timbre de la puerta!!



25-1-2006

Hoy he pasado la peor noche de mi vida. Todavía no me he acostado, ni creo que pueda dormir tranquilo ya en mi vida. Estoy asustado, débil, confuso y tengo unas enormes ganas de llorar que contengo a duras penas para que mi hijo Patrick no sienta más miedo aún.

Ayer os dejé porque alguien había llamado al timbre. Inconscientemente me dirigí hacia la puerta del porche para ver quién era, con la esperanza de que fuese la Policía o algún vecino; pero Angie, mi mujer, me agarró del jersey y con los ojos desorbitados me reprochó lo que estaba a punto de hacer: «¿Y si es la vecina de al lado otra vez? Te juro que no la aguanto en casa llorando y asustando a Patrick». Decidí entonces mirar desde la habitación de arriba, cuya ventana da al porche, con mucho cuidado para no ser advertido. Por un segundo me sentí aliviado al ver a un grupo de cinco personas, todos muchachos jóvenes; sin embargo rápidamente borré la sonrisa de mi rostro. Todos iban armados con largos palos e incluso uno de ellos tenía colgando del cinto un enorme cuchillo de monte. Me quedé observándolos y, aunque hablaban entre ellos en voz alta, no fui capaz de entenderles, quizás por los nervios. Tocaron de nuevo el timbre y di un respingo. Angie se coló delante de mí y echó ella misma un vistazo. Me dirigió una mirada torva y me dijo que no se me ocurriera abrirles. Iba yo a replicarle cuando Patrick, creyendo que jugábamos a algo los dos tras la cortina, comenzó a reírse y a gritar «¡Mamá, papá!». Se nos heló la sangre en las venas, sobre todo cuando vimos que uno de los chicos, el mayor quizás, callaba a los otros y les decía que había oído a alguien. Todos empezaron a mirar a la ventana del salón que da al porche y a la del dormitorio donde Angie y yo nos ocultábamos. Al mismo tiempo comenzaron a gritar, conminándonos a salir, mezclando invitaciones con órdenes e insultos. Uno de ellos se dedicó a dar con el palo en la puerta metálica del garaje, haciendo un ruido espantoso. Mientras mi mujer trataba de calmar al niño y yo pensaba, presa del pánico qué hacer, los cinco se saltaron la pequeña verja de la entrada y se plantaron en la puerta de casa. Inmediatamente la aporrearon y ante nuestro silencio se liaron a romper los cristales de la ventana del salón, aunque una reja les impedía el acceso a la vivienda. Bajé a la primera planta para coger un cuchillo de cocina por si entraban y me percaté de que habían cesado los golpes. Los asaltantes habían visto la puerta de la vecina abierta y se fueron todos hacia allí. Anduvieron por la casa de al lado un buen rato, tirando cacharros, rompiendo cosas, riendo y gritando, y finalmente se fueron.

Sin embargo volvieron a eso de las una de la madrugada. Eran como una docena, incluyendo a un par de chicas. Habíamos cerrado todos los postigos de hierro, de modo que no pudieran arrojar nada dentro de la casa y evitar que si, llegado el caso, entraran por la parte de atrás (dado que los patios son comunes y no parecía quedar vecino alguno), se tuvieran que quedar en el patio. Al principio ignoramos sus gritos e improperios y nos concentramos en distraer a nuestro hijo. Pasados unos minutos me envalentoné un poco y decidí salir a la pequeña azotea que forma el tejado del garaje que está completamente cerrado por paredes y la puerta. Tiene un buen parapeto por lo que me sentí bastante seguro. Vi que se aburrían y que la mitad de ellos se habían ido, o eso parecía; pero llegaron dos portando una garrafa de plástico y una goma. Me imaginé lo que pretendían y no me pude contener: comencé a insultarles y a decirles que se estuvieran quietos, lo que pareció divertirles bastante. Se acercaron a la ventana del salón que estaba sin cristales y colaron la goma por las rendijas de los postigos tras aspirar de la garrafa lo que indudablemente era gasolina. Elevé el tono de mis gritos y amenazas pero me ignoraban. De pronto me di cuenta de que Angie estaba a mi lado y de que cogía un enorme tiesto de la azotea. Sin mediar palabra se lo arrojó al que introducía la goma quien, tras un terrible golpe cayó al suelo. Por el enorme charco de sangre que se formó lentamente supe que estaba muerto, allí tirado en la puerta de mi casa, con la cabeza aplastada o el cuello roto. Me quedé de piedra porque era la primera vez en mi vida que veía morir a alguien. Creo que le dije algo a Angie que ya no estaba a mi lado. El resto de saqueadores se quedaron igualmente paralizados y la mitad echó a correr calle abajo. Uno se puso a zarandear inútilmente a su amigo, cuando escuchamos un terrible grito casi inhumano proveniente de la casa de la vecina. Tres de los jóvenes salieron corriendo presas del pánico, sin pararse, y unos segundos después salió una de las chicas agarrándose el brazo derecho y dando alaridos. Los que quedaban se fueron inmediatamente dejando a la chica algo rezagada.

No sé porqué inmediatamente pensé en los infectados y recordé que la vecina se había ido la mañana anterior. Sentí las piernas flaquear pero me quedé un buen rato en la azotea esperando ver salir a alguien de la casa de al lado. Durante un instante algo apareció por la puerta y se quedó en el porche: no era la vecina, estoy seguro, pero sí era uno de los infectados, un hombre. Miró alrededor sin ver, con los ojos vidriosos y la boca llena de sangre y algo más, luego se volvió a meter en la casa. Cuando amaneció no había habido más movimiento y tan sólo escuchamos un par de roncas toses de vez en cuando.

Estamos muertos de miedo, con un cadáver en el porche y un infectado como vecino. Y si es verdad lo que cuentan no sé cómo voy a detenerle con una barra de hierro o un cuchillo de cocina. Lo último que he pensado es en salir cuando consiga reunir el valor y recoger la garrafa de gasolina, supongo que el fuego le hará más daño.

¡Dios mío, estoy pensando como el protagonista de una película de terror! ¿Qué está pasando en el mundo? Tenemos que irnos de aquí, pero me niego a que me detengan en un control militar y nos metan en un hospital o algo por el estilo.

Al resto de los que escriben aquí, gracias por su apoyo y ánimo compañeros, esto debe tener alguna solución.


Claudio Aguirre, esto va dirigido a ti:

¡Créetelo, son muertos vivientes! Son tal y como los describen otros compañeros: cerúleos, mutilados, hediondos y aun así moviéndose como si estuviesen borrachos aunque jodidamente activos. Nada de gitanos-yonquis-pobres-griposos; son repugnantes seres que antes eran humanos.

A las cinco de la tarde reuní el valor suficiente para salir a recoger la garrafa de gasolina que los saqueadores se habían dejado. Y lo reuní después de que Angie me llamara cobarde y estuviese a punto de salir ella misma. Me avergüenza decir esto aquí, pero es la verdad y contarlo me hace sentir menos culpable. Sufro de necrofobia desde que tengo memoria; los muertos siempre me han dado un miedo espantoso y constantemente he sufrido pesadillas en las que caminaba por cementerios con tumbas abiertas donde se intuían cadáveres descubiertos. También le tengo pánico a la muerte porque soy agnóstico y no me hago a la idea de la desaparición total tras la vida. ¡Imaginaos el calvario que estoy viviendo desde que Angie mató al chico y desde que vi el rostro de la criatura que estaba en casa de mi vecina!

Temblando como un flan abrí la puerta de casa y, al ver de cerca al chaval muerto allí tendido me entraron unas arcadas terribles. Angie me dijo que lo sacara del porche y le miré como si me hubiese pedido que me suicidara. Tardé interminables minutos en atreverme a tocarlo y cuando al ir a arrastrarlo de los pies la cabeza se despegó del charco de sangre con un ruido pegajoso, eché todo lo poco que había comido en el parterre. Saqué el cuerpo del porche y lo dejé tendido en la acera un par de casas más abajo, frente a la del médico, no sé porqué. Para dominar la aversión me dije a mi mismo que aquel hijo de puta que acarreaba había intentado quemarnos a mi y a mi familia sin ningún miramiento a pesar de no tener más de dieciséis o diecisiete añitos. Tanto me ensimismé en mis pensamientos que regresé confiado a mi casa y allí me sorprendió él...

Aquel tipo que estaba en la casa de al lado había salido atraído seguramente por los ruidos y estaba a punto de entrar en mi casa. No sé por qué se dirigió a ella en lugar de abalanzarse a por mi, quizás oyó la voz aguda de mi hijo.

Me puse a gritar como enloquecido, advirtiendo a Angie para que cerrara la puerta y para que aquella cosa se detuviera. Logré ambos objetivos pero cuando el infectado se giró hacia mi, la sangre se me congeló en las venas. Juro por la salud de mi hijo que había odio en las pupilas apagadas de esa cosa; odio y júbilo al mismo tiempo. Supongo que estaba hambriento o deseoso de matar a un ser vivo. Se lanzó contra mi pero más lento de lo que imaginé en un principio. Trastabilló un poco al bajar el escalón de la acera y se limitó a seguirme allá a donde yo iba. Lo alejé lo suficiente para poder colarme en mi casa, cerrar la verja del porche con el pestillo (no tenía tiempo para echar la llave), coger la garrafa de gasolina y meterme dentro.

El tipo se dedicó entonces a aporrear la verja, poniéndonos de los nervios a los tres. Angie me dijo que o salía yo a cargármelo o iba ella. Me lo dijo en tal estado de histeria que le crucé la cara a la quinta vez que me llamó “puto cobarde”. Me arrepiento mucho de haberlo hecho pero os juro que había agarrado ya el cuchillo y se iba para afuera.

Hace un par de horas, mientras aprovechábamos una de las pausas que nos otorgaba el engendro, oímos el famoso arrastrar de pies y los espeluznantes gemidos que muchos de vosotros referíais en vuestros mensajes. Eran siete, cuatro mujeres y tres hombres, uno de ellos un policía local con el revólver en la funda, aunque os aseguro que no voy a ser yo el que vaya a arrebatárselo. Tienen aún peor aspecto que el primero. Se han unido al otro y golpean la verja, la zarandean y aúllan de forma terrible. El olor es insoportable y no parece que vayan a cansarse pronto. Nos espera otra noche horrorosa aunque me consuela el que no sean capaces de entrar en casa. Estoy pensándome rociarlos con la gasolina y prenderles fuego; pero tengo miedo de provocar un incendio ya que están demasiado cerca (mi porche es minúsculo). Mi mujer dice que nos vayamos esta noche, cuando estén distraídos (no sé por qué sonrió cada vez que recuerdo la palabra; distraídos, ¡hay que joderse!). El problema es que la puerta del garaje es de batiente y se abre hacia fuera. No creo que me diera tiempo a abrir, meterme en el coche y salir disparado marcha atrás. Me da terror solamente de pensarlo. Creo que esperaré a la mañana, a ver si se aclaran un poco las ideas y esos monstruos desisten.

Si decidimos irnos puede que sea el último post que escriba, porque no sé cómo demonios conectarme a la red fuera de mi casa. Las indicaciones que dabais alguno de vosotros me suenan completamente a chino. Lo que está claro es que iré a buscar a mis padres, en la zona norte, cerca del Hospital Virgen Macarena; tal vez donde ellos viven la cosa esté algo más tranquila, sobre todo si los del Centro siguen atrayéndolos con sus disparos hacia el “Punto Seguro”.

Deseadme suerte. Yo por mi parte os deseo lo mejor.

Mario.


26-1-2006

Por fin ha llegado la mañana, aunque sin ninguna idea brillante y recortándonos todavía más las posibilidades de irnos de aquí. A lo largo de la noche, atraídos por el escándalo seguramente, han ido apareciendo más engendros. Ya hay fuera unos veinte y por primera vez he visto a dos niños... Dios mío, qué cosa tan terrible; dos pequeños de unos siete años, transformados en eso. Realmente no me causa lástima su estado actual, sino el pensar que fueron asaltados y mordidos tal vez por sus propios padres.

La buena noticia es que hemos conseguido acostumbrarnos al hedor y a sus gemidos; la mala es que la verja de entrada ha cedido al peso y ahora aporrean directamente la puerta de casa. Pero estoy seguro de que esta no la derriban. Es de chapa de acero y con dos cerrojos FAC bastante nuevos.

Como apenas he podido dormir algo, salí sobre las seis de la mañana de mi casa por la azotea y entré en la del vecino de la izquierda, la vivienda contraria a aquella donde estaba el infectado. No sé dónde habrán ido mis vecinos, hace más de una semana que no los veo, antes de la auténtica crisis; pero espero que se encuentren bien. Son un matrimonio de nuestra edad, muy simpáticos, los dos funcionarios y realmente los únicos de toda la calle que nos saludaban siempre y se paraban a charlar con nosotros. Me dieron unos terribles remordimientos al forzar la puerta de la azotea que da a su dormitorio; pero no nos queda apenas comida y pensé que ellos tendrían. Registré la zona haciendo el menor ruido posible, aunque con la barahúnda que estaban montando no creo que me hubiesen escuchado. Me llevé comida y agua, no mucha pero suficiente para una semana si la unimos a la nuestra; un par de linternas con pilas de recambio; algunas medicinas básicas como paracetamol, Betadine y tiritas; un router wi-fi de su ordenador (tenemos el portátil de mi mujer, pero con módem normal) y una pequeña hachuela de esas para hacer astillas o podar ramas.

Una vez de vuelta a casa le he dicho a Angie que podíamos dedicarnos a registrar el resto de las casas de nuestra manzana que seguro que están vacías de gente pero repletas de comida y cosas útiles, porque parece ser que tendremos que aguantar aquí más tiempo. Me ha dado por decirle que es una pena que no podamos llegar al nº 33, porque el tipo tiene un BMW setecientos y pico, un todoterreno Land Cruiser y seguro que en su casa hay cosas la mar de útiles. Angie ha sonreído por fin después de varios días y me ha dado la razón: «los nuevos ricos siempre se dedican a comprar muchos caprichos bobos y además su mujer tiene la misma talla que yo», me ha dicho maliciosamente.

Angie va a cruzar hasta la casa del médico. Le he dado el hacha y la linterna, la he besado y le he dicho que tenga muchísimo cuidado. Me he quedado con Patrick, que está viendo una película infantil con el volumen excesivamente alto para que no oiga a los monstruos. Voy a vigilar que Angie vuelva sin problemas.

Ánimo a todos. Enhorabuena a ti, Pedro, por haberte reunido con los de Huesca. Al amigo de Córdoba me gustaría aclararle que nada tiene que ver el ser del Norte o del Sur para seguir vivo o no. Deja de meter cizaña ahora que por lo menos lo del Estatut, el plan Ibarretxe y los archivos de Salamanca importan ya un carajo.

Mario.

P.D.: Me están entrando unas ganas terribles de rociarlos con la gasolina y prenderles fuego, a pesar de que están en la puerta de mi casa. Extintor tengo, por si acaso. ¿Votos a favor?



LovetheBomb, Casio, sed sensatos. Olvidaos de la escopeta del siglo XVIII y de la pólvora. ¿Qué os hace pensar que va a funcionar? Me parece una tremenda pérdida de tiempo ponerse a fabricar pólvora con la que está cayendo, y os aseguro que la escopeta tiene un 80% o más de probabilidades de que reviente al primer tiro. Y si no fuese el caso, ¿os acordáis por qué se inventaron las armas de repetición? Si los militares no pueden ni con fusiles de asalto, ya me diréis con un arma de un solo tiro.

Yo por mi parte aún no me he decidido a achicharrar a estos monstruos. Angie volvió cuando ya estaba a punto de ir a por ella de lo que tardaba; la muy insensata había aprovechado para "visitar" otras casas. Trajo algunas cosas interesantes, pero nos sorprendimos de las pocas medicinas que tiene un médico en su casa. Mucha gente se marchó dejando comida en frigoríficos enchufados porque tal vez pensaron que regresarían pronto, de modo que hemos tenido algo de suerte en ese aspecto. De los coches de los garajes podríamos extraer más gasolina, el problema sería transportarla ya que tendríamos que llenar el maletero de recipientes no muy seguros para el transporte de combustible. En casa de otra gente halló cartuchos de escopeta, una docena, pero ni rastro del arma como es lógico.

A continuación me fui yo en dirección contraria, esta vez calle arriba, saltando tapias de patios como un ratero. Tampoco encontré ningún tesoro, sobre todo porque el maniático del bricolaje vive en frente de nosotros, al otro lado de los engendros. Me traje a casa una batería de coche nueva (cómo pesa, joder), otra hacha de cortar leña, algunas herramientas, medicinas varias y DVDs de películas infantiles para Patrick. Con vistas a futuras incursiones, ¿podríais aconsejarme qué buscar para traerme? Nunca he sido un tipo práctico ni precavido.

Finalmente deciros que frente a la puerta de mi casa ya hay veintiocho infectados y no parecen cansarse de aporrear, empujar y gruñir. Vamos a esperar un poco más por si deciden marcharse; pero antes de que caiga el sol Angie y yo les vamos a rociar con gasolina y les vamos a prender fuego. Y que sea lo que Dios quiera... No aguantaríamos otra noche igual.

Mario.

27-1-2006

Han sucedido muchas cosas en estas veinticuatro horas y un rayo de esperanza nos ilumina ahora. Me siento culpable de mi alegría, porque habéis tantos luchando por vuestra vida, al límite, sin apenas posibilidades de éxito...

En primer lugar mi apoyo y mi ánimo a todos vosotros, compañeros. Al dueño de Lúculo, ¿te puedo llamar Pablo, el nombre de un amigo de la infancia que era de Galicia?: te deseo muchísima suerte; quizás ya estés de nuevo en casa, disfrutando del éxito en tu aventura.

Anoche por primera vez pudimos dormir más de tres horas seguidas. Estábamos agotados y eufóricos por nuestro primer gran éxito contra los infectados. Angie y yo hicimos el amor como si el mundo se fuese a acabar (justo lo que está pasando, ¿no?) y nos quedamos dormidos desde la madrugada hasta bien entrada la mañana. Nos despertó Patrick porque tenía hambre: él también había dormido mejor que nunca.

Veréis, siguiendo los consejos de Casio y Love the Bomb, decidimos achicharrar a los cerca de treinta engendros que aporreaban la puerta de casa sin descanso. Pero pensé que era estúpido prenderles fuego delante de mi casa, de modo que ideé la manera de alejarlos de allí. Me fui a través de los patios hasta la última casa colindante calle abajo, salí a la azotea que poseen todos los garajes y con varias cacerolas y gritos atraje la atención del grupo de podridos. Al principio no reaccionaban porque su estruendo era mayor que el mío; sin embargo en cuanto el primero puso rumbo a mi posición, todos los demás le siguieron menos uno, que se plantó en medio de la calle y allí se quedó, lo cual me dio bastante rabia, para que mentiros. Tras un pequeño paseo que a mi se me antojó una eternidad, todos estaban debajo de mi, gruñendo y mirándome con los ojos desorbitados por el ansia de devorarme. Entonces les vacié a todos, lo mejor que pude, en plan sacerdote esparciendo agua bendita, veinticinco litros de aceite de oliva, cinco garrafas de las que había cogido en las casas vecinas y a continuación unos ocho litros de gasolina y gasoil proveniente de los coches de algunos garajes más la garrafa que ya poseía. Finalmente prendí varios trapos impregnados en la misma mezcla y los arrojé contra ellos. Joder, se me quemaron las pestañas cuando prendió, menudo fogonazo. Al principio ni se inmutaron y se mantuvieron todos juntos, haciendo leves aspavientos como el que espanta un mosca. Luego sí, luego se dispersaron todos, inflamados como antorchas humanas; bueno, todos menos el lelo que se había plantado en la carretera sin acercarse (¿habría descubierto lo que yo tramaba? No, esa idea es absurda, sobre todo porque esta mañana no demostró ser tan inteligente). El olor era espantoso y me sobrevinieron numerosas arcadas, pero me sentía extrañamente satisfecho viéndolos arder.


Regresé a casa antes de que se apagaran las llamas, me duché para quitarme la peste a gasolina y a carne quemada y después de cenar, Angie y yo redescubrimos la pasión, por muy cursi que suene. Esta mañana conté veinte cadáveres achicharrados, el tipo que no se había acercado al grupo y dos más que, aunque horriblemente quemados aún permanecían en pie. El resto parecía haberse marchado de la calle, pero más tarde vi que tres de ellos yacían en la avenida también carbonizados. Al ver a los tres aquellos en pie, me entró una furia asesina alimentada en parte por el descanso y la euforia del éxito. Agarré dos hachas pequeñas, me puse dos abrigos abrochados y salí a la calle.

El pasmado que no se había acercado a los demás ni siquiera me oyó llegar. Fui corriendo hasta él y con la inercia le propiné un tremendo golpe en la parte trasera del cráneo. Acerté a la primera y el podrido cayó al suelo de bruces, inmóvil. Eso sí, el hacha no había manera de sacarla y no me quería entretener en ese momento. Los dos quemados, uno de ellos una mujer bajita y regordeta, se fueron acercando; pero antes de que ambos se pusieran a la misma altura y demasiado juntos, me dirigí en completo silencio hacia la maruja que estaba más adelantada y apenas sí podía moverse y esquivando sus manos logré finalmente acabar con ella de tres golpes que le dejaron la cabeza como una sandía podrida reventada. ¡Que asco me dio aquello! Pero la ira me llevaba como en una ola grande y poderosa, la tensión acumulada y la impotencia que había sentido me daban alas.

El último fue terriblemente difícil de “matar”. Era un chico joven, muy alto y de brazos largos. Además daba muchísimo miedo con la cara achicharrada, la calavera prácticamente descubierta y aquellos ojos sin párpados, insomnes, desquiciados, inyectados en sangre. Me agarró hasta cuatro veces y me mordió una, momento en el que creí desfallecer y me retiré realmente asustado; pero apenas sí había logrado desgarrar la tela de la cazadora. Fue una danza macabra que duró al menos cinco minutos. El podrido me seguía a todas partes, yo le esquivaba, me zafaba y le iba dando tajos donde me alcanzaba el brazo. Le rompí el húmero del brazo derecho dejándolo colgando y aproveché aquella ventaja para poder alcanzarle la cabeza.

Cuando terminé me faltaba el aliento, estaba sudando a pesar del frío y tenía las manos entumecidas de tanto dar golpes. Angie me hacía señas desde casa para que volviese; pero le hice ademán de que se esperase y procedí a comprobar la nueva situación. Recuperé el hacha de la cabeza del pasmado, conté de nuevo los cadáveres, cogí el revólver del policía local que estaba chamuscado pero creo que funciona aún (tiene doce balas más aunque tendré que limpiarlas porque tienen carne y plástico derretidos pegados), salí de la calle y vi a los otros tres tumbados en el suelo y al final regresé corriendo a casa. Mi mujer me miraba con una sonrisa de triunfo enorme y me besó con locura. Nos duchamos de nuevo y apenas sí esperamos a que Patrick se durmiese para dar rienda suelta a nuestra desesperada pasión.

No llegaron más podridos como pensamos que sucedería atraídos por el incendio. En cambio, a las cinco o así, un coche entró en nuestra calle, un Xsara con una familia que venía huyendo de Sevilla desde ayer. Habían visto el fuego el día anterior y pensaron que alguien más estaba vivo por la zona; pero no se habían atrevido a venir hasta hoy, por miedo a que fuese una falsa alarma. La verdad es que cuando vieron que éramos solamente tres personas se decepcionaron un poco; pero cuando les contamos todo lo que habíamos hecho se sintieron más seguros. Son seis personas: Roberto, el padre, un cincuentón pintor de profesión; su mujer María José; su hija Verónica de unos veinte años (no se lo he preguntado); Luis, el hijo mayor, un tipo muy grande y fuerte pero realmente desagradable y maleducado y que tendrá poco más de dieciocho; Fran, un chaval tímido de poco más de catorce, y Lolita, la niña de una vecina que ingresó en el Hospital Macarena al principio del todo y que no ha vuelto (la pobre cría de doce años está destrozada). Vienen con lo puesto, aunque el padre y el hijo portan sendas escopetas de caza que agenciaron en casa de un vecino; una historia que cuentan como si ocultaran algo.

Se han quedado en casa y mientras hablaban con Angie, Verónica y yo hemos entrado en la casa del vecino del BMW y la hemos registrado. Tal y como decía Angie, tenían los armarios llenos de ropa y de trastos. Le he birlado un GPS de esos portátiles, un ordenador también portátil que no pesa nada, un arco recurvado desmontado y que no tengo ni idea de montar, varias pijaditas más y las llaves del BMW y del Land Cruiser. Sin embargo al final he dejado las llaves del BMW porque he pensado que ese bicho de gasolina debe consumir un huevo y no está la cosa para despilfarros. También he dejado allí tirada una bolsita que parecía contener cocaína, bastante. Hubiese preferido encontrar hachís, pero no hubo suerte. Se nos ha hecho de noche con el registro y hemos regresado.

Estoy pensando que, si no vienen más monstruos esta noche mañana continuaremos el registro del resto de viviendas, seguro que seguimos reuniendo más cosas.

Suerte a todos.

Mario.

P.D.: no me gusta cómo me mira el chico, Luis.

  | 0 - 8 |